
Querétaro no es un decorado. Es un umbral. Cada 5 de febrero, la ciudad vuelve a tensar la cuerda entre la historia y el presente, entre la letra escrita y el poder que intenta domesticarla. En el Teatro de la República, donde la nación aprendió a nombrarse sin tutelas, la Constitución no se recuerda: se pone a prueba.
Ahí habló la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo con una convicción que no buscó consenso sino frontera. Dijo que México no vuelve al régimen de privilegios, que no acepta ser colonia ni protectorado, que no se vende. En tiempos de diplomacias ambiguas y mercados hipersensibles, la afirmación no fue un gesto épico sino una decisión política: la soberanía como cláusula activa, no como nostalgia.
La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos nació para incomodar. No para adornar bibliotecas, sino para regular la desigualdad, poner límites al poder económico y recordar que la propiedad tiene función social. Por eso, cada aniversario es una disputa por el sentido: ¿texto ceremonial o instrumento de justicia? La Cuarta Transformación insiste en lo segundo y lo hace desde la prosa dura de las reformas, no desde la lírica del homenaje.
Veintidós reformas constitucionales y decenas de cambios secundarios no son un inventario administrativo; son una toma de posición histórica. El reconocimiento pleno de pueblos indígenas y afromexicanos como sujetos de derecho público; la recuperación de Pemex y CFE como empresas estratégicas del pueblo; el derecho humano al agua, a la vivienda y al internet; la igualdad sustantiva de las mujeres; la defensa del maíz nativo frente al transgénico; la prohibición del nepotismo y la reelección inmediata. Es una gramática estatal que vuelve a conjugar justicia con soberanía.
Hubo un momento clave: la lectura del artículo 40. Nombrar, en voz alta, que el pueblo de México no acepta injerencias, golpes de Estado encubiertos ni violaciones a su territorio fue más que un recordatorio jurídico. Fue un aviso. En un mundo donde la intervención suele disfrazarse de cooperación, el subrayado es necesario. La Constitución, cuando se lee con intención, también es política exterior.
Que hoy tres mujeres encabecen los tres poderes no es una postal progresista; es el resultado de una evolución constitucional que por fin alcanzó a la realidad. Y que el Poder Judicial hable de reconciliación y esperanza tras su reforma abre una expectativa que deberá medirse en hechos, no en discursos. La Constitución no promete: exige.
Querétaro vuelve a ser espejo. No para contemplarse, sino para asumir responsabilidad. La Carta Magna no se celebra con aplausos, se ejerce con decisiones. A 109 años de su promulgación, el mensaje es claro: la nación no se hereda, se defiende. Y la soberanía, como la dignidad, no se declama: se sostiene todos los días. Sígueme en X como @AngelaMercadoO