
Un recorrido por el Museo del Prado, una de las pinacotecas más importantes el mundo, revela cuadros de todas las épocas que cantan al amor poético y lujurioso de los dioses, a la felicidad conyugal y al desgarro y sufrimiento que provocan los amores frustrados.
Con motivo del día de San Valentin, el jefe de Contenidos Didácticos del Prado, Fernando Pérez Suescun, acompaña a EFE en un paseo por el museo y las fases del amor reflejadas en grandes obras de todos los tiempos.
A lo largo de la historia, muchos amantes recurrieron a tretas y engaños para conquistar a la persona amada, asegura Pérez Suescun, parándose ante el ‘Hipómenes y Atalanta’, de Guido Reni, fechado 1618-1619.
La bella Atalanta se negaba a casarse y, para eludir a sus numerosos pretendientes, decidió que se desposaría con quien le ganara en una carrera.
Viendo que la joven vencía a todos sus contrincantes, Hipómenes pidió ayuda a la diosa Venus, quien le dio tres manzanas de oro, para que el joven las fuera tirando al suelo a lo largo de la carrera y así distraer a Atalanta y poder vencerla.
Felizmente casados, los jóvenes acuden un día al templo de la diosa Cibeles y “en pleno frenesí amoroso, tienen relaciones en el templo, lo que indigna a la diosa”, cuenta Pérez Suescun.
En castigo, Cibeles los convierte en leones y los condena a tirar de su carro, como se puede ver en la emblemática plaza de Madrid del mismo nombre.
También el amor conyugal tiene un sitio en el Prado. Así, el veneciano Lorenzo Lotto pintó en 1523 a ‘Micer Marsilio Cassotti y su esposa Faustina’, una pareja de recién casados que observan al espectador con mirada cautelosa y ligeras sonrisas.
Sobre ellos, un cupido de sonrisa maliciosa, les coloca un yugo sobre los hombros, símbolo de las obligaciones que contraen al casarse. Decorado con hojas de laurel, que representan la felicidad y el triunfo, según Pérez Suescun; pero yugo al fin y al cabo.
El Prado cuenta con infinidad de cuadros sobre la felicidad del amor, muchos de ellos de Pedro Pablo Rubens (1577-1640), como ‘Las tres Gracias’, jóvenes del séquito de Afrodita que se asociaban al amor, la belleza, la sexualidad y la fertilidad.
‘El jardín del amor’, otra obra de Rubens, muestra a una pareja acaramelada junto a un jolgorio de jóvenes sobrevolados por amorcillos que les animan a la exaltación del amor.
Los angelitos portan símbolos matrimoniales y la fuente con Venus y las tres Gracias aluden al “amor fecundo”, lo que disipa todas las dudas: el amor es felicidad y disfrute.
Pero el museo también tiene cuadros de amores trágicos como el de Doña Juana la Loca o la trágica historia de Francisco de Borja, duque de Gandía. Obras que advierten sobre el sufrimiento y el desgarro que puede causar el amor prohibido o no correspondido.
En medio de un camino embarrado, con todo su séquito con expresión de aburrimiento y preocupación, doña Juana de Castilla, hija de los Reyes Católicos, mira medio desquiciada de amor el féretro de su esposo, Felipe el Hermoso, en un cuadro de Francisco Padilla (1848-1921).
En la pared de enfrente, José Moreno Carbonero retrata en 1884 al duque de Gandía llorando desconsolado en brazos de un compañero de armas junto al féretro abierto de la emperatriz Isabel de Portugal, esposa de Carlos V.
Su mujer, que lo observa desde una esquina, comprende que el amor de su marido no le corresponde.
Al ver el cuerpo putrefacto de su verdadero amor, el duque exclama “nunca más servir a señor que se me pueda morir”. Una promesa que cumplió fielmente ya que, a la muerte de su esposa, tomó los hábitos e ingresó en los Jesuitas, llegó a ser general de la orden y posteriormente canonizado como San Francisco de Borja.