
En política y en seguridad pública, lo que no se nombra no existe. Y lo que no existe, no se combate.
Durante años, México vivió una narrativa ambigua frente al crimen organizado: minimizar, diluir, evitar la confrontación discursiva directa. Hoy el escenario comienza a modificarse. En Puebla, el reconocimiento explícito de la presencia del Cártel Jalisco Nueva Generación marca un punto de quiebre que no debe subestimarse.
Reconocer es el primer acto de autoridad.
El vicealmirante Francisco Sánchez fue claro: al menos 13 municipios poblanos registran presencia de este grupo delictivo. No se trata de rumores ni de especulaciones mediáticas. Se trata de un diagnóstico oficial. Y ese diagnóstico, por sí mismo, ya cambia la narrativa.
Porque cuando un gobierno identifica públicamente a un grupo criminal, lo coloca en el terreno de la toma de decisiones. El mensaje es inequívoco: no habrá permisiones.
A nivel nacional, la detención y abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, líder histórico del CJNG, no es un hecho aislado. Es un golpe estructural. Es una señal política y operativa de que la estrategia de seguridad ha entrado en otra fase. Y bajo la conducción de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, el discurso ha dejado de ser ambiguo.
La narrativa de “abrazos y no balazos” ha sido superada por una lógica distinta: inteligencia, operación focalizada y desarticulación de células.
El gobernador Alejandro Armenta Mier ha reforzado esa postura con un concepto contundente: cero impunidad. No es una frase retórica. Es un compromiso que se traduce en coordinación institucional y en prioridad absoluta a la seguridad de las y los poblanos.
En términos estratégicos, reconocer la presencia del CJNG en Puebla tiene tres implicaciones profundas:
1. Admite la realidad y evita la simulación.
2. Permite diseñar inteligencia territorial precisa.
3. Envía un mensaje político de que las cosas están cambiando.
Negar la existencia de un problema nunca lo resolvió. Por el contrario, permitió que las estructuras criminales echaran raíces.
Hoy el mensaje es distinto: se identifican municipios, se nombran organizaciones, se realizan operativos de alto impacto y se asume el costo político de enfrentar la violencia sin eufemismos.
El reconocimiento no es debilidad; es el inicio de la estrategia.
Porque el fin de una estructura criminal no comienza con su caída espectacular, sino con su señalamiento institucional. Con el momento en que el Estado deja de susurrar y empieza a nombrar.
Reconocer es el primer paso del fin.
Y si esa ruta se mantiene —con coordinación federal, inteligencia militar, voluntad política estatal y firmeza judicial— Puebla puede no solo contener, sino desarticular las células delictivas que amenazan su estabilidad.
La seguridad no se construye con discursos tibios.
Se construye con diagnósticos claros, decisiones firmes y mensajes sin titubeos.
Nombrar al adversario es asumir que se le va a enfrentar.
Y eso, en sí mismo, ya es un cambio histórico.