
Cada marzo, el mundo se viste de violeta para recordar las batallas ganadas y las brechas que aún separan a hombres y mujeres de una igualdad real. Los crímenes, las injusticias y los abusos que ellas viven en nuestra sociedad se denuncian con un grito más fuerte. Sin embargo, esta lucha por los derechos de la mujer no solo ocurre en las plazas o en las leyes; sucede, de forma silenciosa y demoledora, en la esfera privada del hogar.
Mientras el 8 de marzo reivindica la autonomía y la voz propia, películas como la recientemente estrenada “Si pudiera, te patearía” (If I Had Legs I’d Kick You), de la directora Mary Bronstein, nos obligan a mirar hacia dentro: al núcleo familiar, donde el peso de la “entrega absoluta” sigue siendo una cadena invisible.
La premisa de la película se centra en la asfixiante cotidianidad de Linda, una terapeuta y madre de Long Island que debe equilibrar el agotamiento crónico de la maternidad y el rol de cuidadora principal de su hija —quien padece una misteriosa enfermedad— con un marido ausente, un desastre en la vivienda que habitan, una persona desaparecida a la que brinda apoyo y una relación cada vez más hostil con su colega. Una historia que, desde su estreno en el festival de Sundance el año pasado, llamó mucho la atención por su enfoque hacia una situación tan triste y común para muchas madres de familia.
Linda sobrevive día a día haciendo lo mejor que puede o sabe para sacar sus responsabilidades a flote, bajo la lupa de un esposo, una hija, colegas, pacientes y conocidos para quienes su labor parece nunca ser suficiente, tachándola incluso de dramática, loca y exagerada. A través de un humor negro punzante y una honestidad brutal, la historia explora el colapso emocional de esta madre consumida por la frustración y el deseo desesperado de escapar de una realidad que la sobrepasa.
En este contexto, la actuación de Rose Byrne como Linda —que le ha valido el reconocimiento en varios festivales, incluyendo el Golden Globe y una nominación a la próxima entrega de los Oscar— se convierte en un acto de protesta: el grito de una mujer que reclama su derecho a estar cansada, a estar harta y a dejar de ser el soporte invisible de todos menos de sí misma.
Está de más decir que el sufrimiento del personaje de Byrne no es un caso aislado; es el eco de millones de mujeres que viven en un estado de alerta permanente, minimizadas e invisibilizadas por su propia pareja, hijos o familia. La película acierta al mostrar ese desagrado por situaciones que se adjudican naturales al sexo femenino —como la maternidad que tanto romantizan el cine y la televisión—, validando el sentimiento de quienes que lo han dado todo y aún deben otorgar más.
El cine también suele caer en la trampa de la “inspiración” cuando trata la enfermedad de un hijo: personajes heroicos que superan todo con una sonrisa o que encuentran paz en la resignación de su calvario. Pero “Si pudiera, te patearía”, desde su mismo título, no quiere ser un discurso motivacional barato. Es una obra que cambia la lástima por una rabia legítima y una humanidad cruda y grotesca que podemos experimentar todos los días, pero cuya compleja construcción pocas veces dimensionamos, aun en nuestro entorno más cercano.
No se trata de “echarle ganas”, no se trata de querer complicarse la existencia; se trata de la invalidación del dolor ajeno cuando no podemos situarlo en un contexto similar al nuestro. Se trata de la doble moral que rige los roles de género en la familia: pues cuando un hombre se encarga de sus hijos, es un “gran papá”; pero, cuando una mujer se encarga de sus hijos, “solo es la mamá”. Este proyecto también evidencia la asfixiante presión social que dicta que la maternidad y el cuidado deben ser gratificantes, sin importar el costo personal, y los juicios emitidos fácilmente desde la comodidad y certeza de otros.
“Si pudiera, te patearía” se atreve a explorar lo que muchas mujeres callan: el peso de cargar con la salud emocional y física de otros mientras la propia se desmorona, y el miedo a admitir que, en ciertos días, la estructura familiar se siente como una jaula. Cruda y auténtica al no maquillar las emociones diarias, esta cinta que ya está en cines, es un recordatorio necesario de que la empatía no nace de la compasión, sino del reconocimiento del otro como un igual, con sus virtudes y defectos (y sus ganas de patear al mundo).
Un relato que nos obliga a preguntarnos: ¿quién cuida a la cuidadora cuando ya no puede más?
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