
Vivimos en la era del “filtro permanente”, donde la edición digital ha trascendido las pantallas de Instagram para darnos la capacidad, casi quirúrgica, de alterar nuestra propia biología. Bajo esta premisa surge “Belleza perfecta” (The Beauty), la ambiciosa serie de Ryan Murphy que utiliza el horror corporal como diagnóstico clínico de nuestra vanidad colectiva, siguiendo un discurso similar al que vimos recientemente en La Sustancia.
En esta adaptación del aclamado cómic de 2016, Evan Peters y Rebecca Hall interpretan a dos agentes del FBI que investigan una serie de macabras muertes de supermodelos. Al relato se unen figuras como Ashton Kutcher, quien encarna a un despiadado magnate tecnológico, e iconos del modelaje como Bella Hadid.
La premisa resulta tan seductora como aterradora: una enfermedad de transmisión sexual que otorga perfección física. En el universo de la Belleza Perfecta, el “contagio” deja de ser un estigma para convertirse en un privilegio. Es aquí donde el paralelismo con “La Sustancia” resulta inevitable; la cinta de Demi Moore sacudió las salas de cine hace ya un par de años y, honestamente, me sorprende que la industria haya tardado tanto en retomar una narrativa como esta.
Pero, mientras que en la película dirigida por Coralie Fargeat, la búsqueda de la juventud eterna es un acto solitario y autodestructivo —la guerra de una mujer contra su propio cuerpo—, en “Belleza Perfecta” la obsesión se vuelve sistémica. Para La Sustancia, el horror es corporal y privado (el “yo” joven devorando al “yo” viejo); pero en la serie de Murphy, el horror es social y político, una sociedad dividida entre hermosos “infectados” y humanos comunes.
En The Beauty, la belleza es una máscara que oculta algo podrido, una metáfora perfecta para una cultura que prioriza el envase sobre el contenido y una crítica feroz sobre la mercantilización del cuerpo y los peligros de una sociedad que da valor a la estética por encima de la salud y la ética, aunque también pone en cuestionamiento ¿qué pasa si este privilegio queda al alcance de todos?
Ambas obras funcionan como una hipérbole de nuestra propia realidad, donde el valor individual se mide por la capacidad de detener el tiempo o encajar en un canon algorítmico. Por ello, la verdadera tragedia que plantean estos relatos no reside en la mutación física, sino en la mutación de la empatía. Lo que también hace que el paralelismo entre ambos proyectos sea tan potente, aun cuando nacen de forma independiente, es que ambas historias eliminan la sutileza. Nos dicen a la cara que la belleza absoluta es una forma de violencia que estalla en sangre y deformidad, pero también se manifiesta en la discriminación y la pérdida de la identidad, hasta llegar al colapso social.
Ambas utilizan el horror corporal para mostrar que lo “bello” puede ser aterrador y como las grandes empresas explotan el deseo humano de ser deseado y validado, cuestionando también si seguimos siendo nosotros mismos después de que nuestra apariencia cambia drásticamente para complacer a los demás.
Para muchos, un proyecto roza el exceso del body horror y la hipersexualización típica del productor de series como American Horror Story. Sin embargo, “Belleza perfecta” —cuya primera temporada de 11 episodios está disponible en Hulu y Disney+ para Latinoamérica— resulta un interesante ensayo que deja sobre la mesa el cuestionamiento más importante: si para ser aceptados necesitamos una «sustancia» o un virus que nos transforme, ¿qué queda de nuestra humanidad cuando finalmente alcanzamos esa perfección?
Quizá en un mundo que nos empuja a ser productos, mantener nuestra “imperfección” resulte ser el último acto de rebeldía.
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