Seguridad pública: el problema no fue el saludo… sino el contexto

Secretario Ssp Con Aduna

En política y en seguridad, las imágenes pesan más que muchas declaraciones. Y por eso el encuentro entre el secretario de Seguridad Pública de Puebla, Francisco Sánchez González, y un empresario polémico durante el concierto de Grupo Firme en la Feria de Puebla generó ruido inmediato.

Pero hay que separar el escándalo fácil del análisis serio.

Primero: jurídicamente, saludar o conversar brevemente con una persona en un evento público no constituye delito ni implica automáticamente complicidad. Un funcionario de seguridad no puede —ni debe— actuar como si cada ciudadano que se acerca fuera un objetivo criminal confirmado. En un espectáculo masivo, con miles de asistentes, fotografías, saludos y presentaciones ocurren constantemente.

Ahora bien, el problema no está realmente en el saludo. El problema está en el contexto.

Porque cuando quien aparece en la imagen es el principal responsable de la seguridad estatal —además un vicealmirante con cuatro décadas de carrera en la Secretaría de Marina— la exigencia pública cambia automáticamente. A esos niveles, no solo importa actuar correctamente: también importa evitar zonas grises.

Y ahí surge la pregunta incómoda: ¿debería conocer a personajes con antecedentes, señalamientos o alto nivel de exposición pública dentro de entornos de riesgo? La respuesta técnica es sí… y no.

Sí, porque los sistemas de inteligencia criminal existen precisamente para mapear perfiles, relaciones, operadores, zonas de influencia y actores sensibles. Esa es parte esencial del trabajo estratégico moderno en seguridad. Pero también no, porque un secretario estatal no necesariamente tiene identificados visualmente a todos los personajes de interés de una entidad compleja como Puebla. Pensar eso sería poco realista.

Lo delicado sería otra cosa: que existiera cercanía sistemática, protección, reuniones privadas, tráfico de influencias o intervención institucional. Y hasta ahora, públicamente, no hay evidencia de ello.

Sin embargo, el episodio sí deja lecciones importantes.

La primera: Puebla sigue cargando una mezcla peligrosa entre economía informal, liderazgo comercial, espectáculos, mercados y personajes que durante años han construido poder alrededor de zonas grises. El Mercado Morelos, la Central de Abasto y ciertos circuitos nocturnos llevan décadas apareciendo en reportes de inteligencia, disputas criminales y expedientes judiciales. Negarlo sería ingenuo.

La segunda: la seguridad pública moderna no se juega solamente en operativos. También se juega en percepción, control político y manejo de riesgos reputacionales. Un video de segundos puede erosionar semanas de estrategia institucional.

Y la tercera, quizá la más importante: el gobierno estatal no puede permitirse dudas en esta materia. La administración de Alejandro Armenta Mier ha colocado la seguridad como uno de sus principales ejes políticos. Por eso cualquier imagen ambigua inevitablemente será utilizada por adversarios, grupos de presión o narrativas de desconfianza.

¿Es una señal de alarma? Todavía no.

¿Es un recordatorio de que los mandos de seguridad deben extremar filtros, entorno y protocolo? Absolutamente sí.

Porque en México, especialmente en temas de seguridad, el verdadero riesgo muchas veces no empieza en el delito… sino en la percepción de cercanía con él.

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