
El cernícalo común, un tipo de halcón de pequeño porte, tenía su hábitat natural en los acantilados hasta que la agricultura intensiva y los pesticidas lo obligaron a refugiarse en el medio urbano, en concreto en iglesias de ciudades como París.
La de Notre-Dame de la Croix de Ménilmontant, un imponente templo del XIX de estilo neorrománico en el este de París, es actualmente la residencia de seis cernícalos comunes, dos adultos y cuatro crías.
Los huecos de las arcadas, las cornisas salientes y las aberturas del campanario han sustituido los recovecos de las rocas de los acantilados en las que anidaron durante siglos.
La migración de ciertas especies salvajes del campo al medio urbano es cada vez más común, por paradójico que pueda resultar.
Los cernícalos de Ménilmontant viven, de hecho, en medio del cemento y el tráfico que, en teoría, debería resultarles hostil.
“Muchos animales y aves que viven en el campo ven cómo su entorno queda destruido, ya sea a causa de la agricultura o por el uso de pesticidas. Estos productos químicos acaban menguando la población de insectos, que son el alimento de una gran cantidad de aves”, explica a EFE el ornitólogo Hugo de Vergès, miembro de la Liga para la Protección de las Aves en la región parisina.
Prismáticos en mano, De Vergès señala con entusiasmo dónde están los nidos y apunta a la zona de sobrevuelo de los ejemplares adultos, que, normalmente por la mañana, buscan comida para sus pequeños.
“Desde el momento en que estas aves encuentran alimento disponible y lugares idóneos para la nidificación, se instalan. Al ver que logran reproducirse con éxito, no tienen ningún motivo para marcharse”, sostiene el ornitólogo.
Uno de sus alimentos preferidos son los gorriones y también los ratones, abundantes en la capital francesa.
“Precisamente los cernícalos, que están en la cima de la cadena alimenticia, actúan como una especie de reguladores de patógenos que puedan transmitir los ratones y ratones de campo”, destaca De Vergès.
Para el ornitólogo, la presencia de las rapaces es también “una gran fuente de pedagogía” para los parisinos, que, muchas veces, ignoran la fauna y la flora con la que conviven.
“Tener animales así, que son hermosos y que además aportan belleza, me parece algo muy interesante y muy importante (…) aunque estemos en un lugar muy urbanizado, muy transformado por el hombre y muy construido, aun así hay animales que viven y cohabitan con nosotros”, se felicita.
La iglesia de Notre-Dame de la Croix de Ménilmontant, relativamente desconocida para el turismo a pesar de ser uno de los mayores templos de París, no es el único monumento que acoge o ha acogido a rapaces en París.
“Hace unos años hubo nidos en Notre-Dame. Por desgracia ocurrió ese incendio tan lamentable que ahuyentó a esos halcones”, cuenta De Vergès, quien aclara que ese emblemático templo alberga otras especies de aves: el martinete negro (vencejo común), el colirrojo tizón y, sobre todo, palomas zuritas y gorriones comunes.
Otras dos insignias de París también han acogido durante un tiempo a este pequeño halcón de larga cola y alas anchas y apuntadas: el Arco del Triunfo y la Torre Eiffel.