
En los últimos días, un nuevo personaje comenzó a aparecer en las calles de Puebla y en redes sociales, Peluchoco.
Muchas personas me han preguntado de dónde salió. Todo empieza con un recuerdo de mi infancia. “Choco” es un sobrenombre que me acompaña desde pequeño y que me recuerda una etapa muy feliz de mi vida: el amor de mi familia, mis amigos, el fútbol y esos momentos que toda niña y todo niño merece vivir.
Hace algunos meses, una joven artista plástica llamada Doreli Ríos, quien también impulsa proyectos altruistas, conoció la historia detrás de ese sobrenombre. De ahí surgió la idea de darle una forma distinta a ese recuerdo y convertirlo en un peluche con causa, pensado para apoyar a niñas y niños que enfrentan una de las batallas más difíciles: la lucha contra el cáncer.
Y quizá ahí está lo que más me entusiasma de este proyecto, que detrás de cada Peluchoco hay personas dispuestas a participar.
La crítica siempre será bienvenida cuando es para mejorar. Lo que no podemos permitir es que una causa noble termine atrapada en la grilla y que, entre sospechas y ataques, se pierda de vista lo más importante: ayudar.
Es fácil poner en duda lo que otros intentan construir; lo valioso es hacer algo, tender la mano y sumar. Por eso esta iniciativa mantiene su sentido original al reunir voluntades y convertir la solidaridad en un apoyo real para las familias de estos pequeños.
Espero que más causas encuentren la forma de reunir a ciudadanos, asociaciones y buenas voluntades. Gracias a quienes se han sumado, a quienes todos los días trabajan por las niñas y niños y a quienes entienden que ayudar es una responsabilidad ciudadana.
Si algo nos recuerda Peluchoco es que siempre se puede hacer algo por los demás. Porque, como decía la Madre Teresa de Calcula: “El que no vive para servir, no sirve para vivir”.

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