
En un evento de la Unión Social de Empresarios de México escuchamos una recomendación tomada de un libro sobre la historia de la Compañía de Jesús, es decir, la orden jesuita: trabajar con autoconocimiento, amor, ingenio y heroísmo. La compartieron empresarios de Aguascalientes y nos hizo mucho sentido para hablar de emprendimiento, porque si algo exige emprender —en tiempos de incertidumbre, polarización, mercados cambiantes y clientes más exigentes— es carácter, claridad interior y una dosis de valentía cotidiana.
Autoconocimiento. Emprender nos pone un espejo enfrente: nuestras prisas, nuestras inseguridades, nuestro ego, nuestra necesidad de control, nuestra relación con el dinero, con el poder y con el reconocimiento. Si no nos conocemos, terminamos tomando decisiones por impulso. Conocernos es identificar en qué somos fuertes, dónde nos saboteamos, qué tipo de líder somos bajo presión y cuáles son nuestros miedos recurrentes. También es reconocer límites: qué hacemos bien y qué debemos delegar, sin culpa y sin excusas.
Amor. Suena raro en una columna de negocios, pero en realidad es el corazón del emprendimiento sano. Amor no es romanticismo; es responsabilidad por el otro. Es crear algo que realmente sirva: que dignifique al cliente, que cuide al colaborador, que pague a tiempo al proveedor, que trate con respeto al competidor y que no destruya a la familia en el proceso. Amor también es paciencia: con el equipo que aprende, con el cliente que duda, con nosotros mismos cuando fallamos. Y es justicia: porque no hay «cultura» empresarial sin sueldos justos, reglas claras y congruencia.
Ingenio. El ingenio es esa mezcla de imaginación y pragmatismo: ver posibilidades donde otros ven pared. Es diseñar una solución con los recursos que tenemos, no con los que soñamos. En México, el ingenio ha sido históricamente una forma de sobrevivir y competir: ajustar, reinterpretar, simplificar, combinar. Pero vale la pena dejar claro que: el ingenio no puede ser improvisación eterna.
Heroísmo. El heroísmo emprendedor suele ser silencioso: levantarnos cuando las ventas no llegan, dar la cara cuando un proyecto falla, sostener el ánimo del equipo cuando hay tormenta, renunciar a atajos que se ven «fáciles» pero comprometen la ética. Heroísmo es pagar lo que se debe aunque apriete. Es corregir una estrategia aunque cueste admitir que nos equivocamos. Es cerrar una línea de negocio que nos encanta, pero no funciona. Y también es pedir ayuda: porque hay valentía en reconocer que solos no podemos. Aprender y volver a intentar.
En esta semana hagamos un ejercicio simple: elijamos una decisión importante que tengamos en puerta y pasémosla por estas cuatro preguntas:
A veces, emprender es menos «estrategia» y más «corazón». Y en esa recomendación jesuita encontramos una ruta práctica, exigente y profundamente virtuosa.