
La nueva versión de Blanca Nieves llegó a cines hace solo un par de semanas, pero ya se ha convertido en el fracaso que todos, absolutamente todos, sabíamos que sería en taquilla; recaudando menos de la mitad de lo que costó su producción y con una caída del 66% en cines luego de su primer fin de semana. Un proyecto plagado de polémicas desde su concepción, las cuales fueron uno de los detractores principales para la mala recepción por parte del público desde antes de su estreno, pero que creo pone a debate varios puntos que como sociedad hemos venido postergando. El tremendo desastre que ha sido todo en este proyecto, sin pensarlo, ha apresurado la necesidad de tomar una postura, si una postura concreta acerca de temas como la inclusión, el feminismo y las libertades ideologías que las grandes productoras hoy más que nunca usan como pañuelos desechables; como parte del cada día más acelerado y agresivo capitalismo que nos arrastra a todos y requiere plena conciencia de sus efectos más allá del financiero.
Hablar de todo lo que está mal en esta película protagonizada por Rachel Zegler, Gal Gadot (y por muchos enanitos de CGI) y dirigida por Mar Webber parece una tarea sencilla, pero que requiere de un cuestionamiento más complejo para determinar lo que verdaderamente es el problema aquí. La cinta, al igual que todos los Live Actions realizados por Disney, u otras compañías de animación en últimos tiempos, lleva nuevamente en su cometido hacer una versión mucho más inclusiva de una historia de hace más de cien años, a su vez basada en un relato popular de los hermanos Grimm de mucho más tiempo atrás. ¿Cómo haces eso? ¿Cómo concibes una historia “clásica” que tuvo su origen y por tanto el contexto de su creación en un país europeo del 1800, posteriormente tomada por una compañía para llevarla a la gran pantalla aderezándola con el discurso y los valores americanos de hace más de un siglo? ¿Es siquiera posible generar una historia así que tenga a su vez cabida para una mujer empoderada, latina, siendo la aristócrata protagonista y en un contexto políticamente correcto en todos aspectos; además de suficientemente inocente para “ser apta de todo público (es decir con el nivel de sencilles y complejidad comprensible para niños de preescolar sin perder la profundidad que también busca plantear)”? El resultado obviamente es el mismo que si quisiéramos hacer una ensalada dulce con frutos que tenemos guardados desde hace un año en la nevera y que además de rica sea saludable y nutritiva. Una cinta que desde su idea no era fresca, ni recomendable para nadie.
Pero, aunque no puedo dejar de hacer mención de lo realmente pobre, barata y de pésima calidad que resulta la puesta en escena en todo; el vestuario de parque de diversiones de bajo presupuesto, los efectos especiales y personajes hechos por computadora torpes, incomodos y mal realizados como de cinta infantil de los 90s que fue directo a VHS y que hacen cuestionarme como pudo esto costar más de 250 millones de dólares; hasta lo que más importa aquí, el escueto, superficial y básico guion que se desarrolla en toda esta patética creación.
El hiper consumismo en el que vivimos es cada día más colosal y voraz, lo vemos en las microtendencias de moda, en productos que se vuelven el must por uno o dos meses y luego no los volvemos a ver, disminuyendo por tanto la calidad de sus materiales por su tiempo de vida efectivo, más no su valor comercial; esa misma velocidad en consumismo afecta ya nuestras ideas y posturas sociales. Tomadas por muchas corporaciones, la inclusión y equidad pasan de ser ideales sociales a productos vacíos que se venden veloz y fugazmente, como una nueva tendencia de primavera verano. Ese triste uso solo desacredita, caricaturiza, denigra y demerita la lucha y el avance que muchas minorías realizan día a día, reforzando por tanto el odio y las burlas de los grupos más conservadores (que curiosamente esa ultraderecha crece más rápido que nunca con un discurso más intolerante y violento). Por ello, si vas a hacer una cinta mucho más representativa no se puede solo escudar en el tokenismo; no puedes hacer de tu “inclusión” un adorno superfluo y acusar a quienes de verdad son sus representantes de odiar algo de lo que tú te estás aprovechando. Vender ideas de inclusión y aceptación vacías es tan grave como lucrar con los bordados de los pueblos nativos, recrearlos, industrializarlos, personalizarlos y luego pretender
que esos pueblos son los malos por no querer compartir su conocimiento ni visión de la que otros quieren hacer dinero. Esta versión de Blanca Nieves es solo un paso más que evidencia esas intenciones de lucro de la industria, en este caso cinematográfica, en este caso Disney. Una compañía que por un siglo vendió ideologías y sueños a una sociedad y hoy quiere replantear sus historias en pro de abarcar y cumplir con las aspiraciones de nuevos mercados que no comulgan con los ideales con los que hizo una mina de oro el siglo pasado, pero sin querer dejar del lado a los clientes que le hicieron millonario; pretendiendo dar cabida a todos sin realmente darle voz a ninguno.
La idea de hacer una versión Live Action de los llamados clásicos de la cultura popular, en esta ocasión de una obra como Blanca Nieves (la princesa insignia del imperio Disney) que, así como muchos proyectos históricos de la compañía, más allá de su discurso, lleva un trabajo de animación digno de reconocer, puede atender a varias necesidades; aprovechar la nostalgia del público (principalmente del publico millenial que tiende a ser eternamente un niño); volver a hacer dinero con relatos seguros por la falta de ideas originales; aprovechar los avances tecnológicos para realizar un proyecto que debiera superar a su antecesor. Pero cuando intentas poner inclusividad donde no hay cabida o mediante las formas equivocadas algo sale mal. No puedes ser inclusivo en la historia de una princesa que por su ubicación geográfica y situación económica y temporal es obviamente blanca; no puede haber cabida para un trato justo en un tipo de gobierno donde existe un Rey, porque los pobres no viven felices de darle todo a su Rey, no hay manera adecuada representar eso en versiones modernas que intentan ser mas reales.
No puedes intentar darle dimensión y complejidad al mismo tiempo que hacer políticamente correcta una historia que se basa en los ideales o miedos (impuestos o no) de una sociedad de hace 2 siglos, tales como la juventud, el poder, el dinero (incluso la idea de amor romántico que Disney terminó de sobreexplotar en su versión mucho más rosa de 1937 y que va muy acorde a la sociedad de esos años), no se siente natural ni creíble. Cuando vas a dimensionar y profundizar en narrativas y problemáticas sociales de ayer o de hoy no lo endulzas o lo cuentas de forma superficial para evitar el odio y la contrarréplica que justo debes esperar por tomar un argumento e ideología política (porque para ello debe ser real, dentro y fuera de tu proyecto, por convicción y bajo motivos tangibles, y no solo dinero).
Hago aquí una mención importante, tras el fracaso de la historia, la compañía del ratón pareciera estar culpando de todo esto a su protagonista por sus declaraciones políticas, ante la cinta original, hacia los fans, incluso ante el presidente Donald Trump, expresando su desagrado tras su victoria en las elecciones pasadas; haciendo de ella al igual que varios medios, la cara de todo este desastre, a representante del movimiento Woke que según muchos fans y no fans conservadores está arruinando todos los valores sociales.
Y aquí es cuando las grandes compañías empiezan a considerar poco rentable el uso de la inclusión, no solo en sus proyectos sino al interior de sus empresas ¿por qué? Por el mal uso y banalización de estos movimientos sociales. Porque inclusión no requiere a una princesa europea de rasgos latinos que pretende ser feminista con abrazos y palabras dulces; se requiere historias reales y crudas que muestren la triste realidad de esos años bajo la mirada de personajes, hombres o mujeres que padecieron o se beneficiaron de las normas sociales de la época, y que en todo caso hagan homenaje al estilismo y proceso de creación que hizo a sus clásicos lo que son. O, por el otro lado historias nuevas, en tiempo presente o pasado, pero en lugares que el cine animado no ha contado tanto o nunca; ahí si hay cabida para una mujer latina o de cualquier origen; en su medio, con su historia de vida real y con un discurso acorde a sus propias experiencias, que haga coherencia con el mensaje que se quiere dar. Disminuir las ideas de igualdad, de inclusión y de libertad a situaciones como que todas la niñas o niños pueden ser una princesa solo sesga e invalida esos mismos ideales determinando que todos aspiran o deben aspirar a lo mismo (como en todos los siglos pasados); y evidencia que el discurso de hace más de 100 años se perpetua en los años siguientes disfrazado de otros ideales; es la inclusión vista desde el privilegio.
Solo para finalizar, regresando a las polémicas por las declaraciones y posturas políticas de sus protagonistas; no puedes culpar a tus actores del fracaso, cuando toda tu propia idea del proyecto está mal estructurada y desarrollada; pero si podemos notar aquí (tanto por la cinta como por sus involucrados, dentro y fuera de cámara) que lo queramos o no, las posturas políticas, religiosas y de toda índole no se pueden separar del arte; porque este se nutre de las mismas para expresarse y por eso no puedes ambicionar un proyecto que pretenda darle gusto a todos tomando todas las perspectivas sociales al mismo tiempo como una sola, eso no es posible, eso es burla.
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