Cancelación de privilegios… ahora sí, sin excepciones

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Si la reforma al artículo 127 constitucional prospera, quedará una regla clara: nadie que haya sido alto mando podrá jubilarse con una pensión superior al 50% del salario presidencial. Punto. Sin interpretaciones creativas.

Durante décadas, el retiro en el servicio público fue una extensión del privilegio. Hasta 2018, los expresidentes —entre ellos Vicente Fox Quesada— recibían pensiones vitalicias que rondaban los 205 mil pesos mensuales, además de seguridad, personal y gastos cubiertos por el erario. El esquema fue eliminado formalmente ese año, pero la cultura del beneficio extraordinario sobrevivió en otros espacios.

En el Poder Judicial, antes de la reforma de 2021, ministros en retiro podían recibir pensiones cercanas al 100% de su salario, es decir, montos superiores a 300 mil pesos mensuales. Magistrados electorales y consejeros de organismos autónomos consolidaron esquemas similares bajo el argumento de “independencia institucional”.

En empresas productivas del Estado el panorama no fue menor. De acuerdo con cifras oficiales recientes, en Petróleos Mexicanos existen pensionados que superan el ingreso presidencial, con costos anuales por miles de millones de pesos. En la Comisión Federal de Electricidad, más de dos mil jubilados perciben montos por encima del sueldo de la titular del Ejecutivo.

Y el caso que encendió la conversación pública en 2024 fue el de Amparo Casar, cuya pensión como viuda de un extrabajador de Pemex —según datos difundidos oficialmente— superaba los 120 mil pesos mensuales. El debate no fue sólo jurídico, sino moral: ¿puede el Estado pagar pensiones de seis cifras mientras predica austeridad?

La reforma anunciada por Claudia Sheinbaum Pardo no es retroactiva, pero sí es un mensaje: el retiro dorado se terminó. No más pensiones de 500 mil, 800 mil o un millón de pesos financiadas con presupuesto público.

El principio es simple y contundente: si la presidenta gana X, nadie puede retirarse ganando más que ella.

No es revancha. Es límite.
No es discurso. Es regla.

Porque el verdadero privilegio no era la cifra, sino la impunidad con la que se sostuvo durante años.

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