Conciencia y polvo cósmico

Nombran Un Cráter De La Luna En Honor A La Esposa Fallecida Del Comandante De Artemis Ii

En un lapso de apenas 240 horas, muchos humanos fuimos capaces de voltear la mirada y la conciencia hacia la inmensidad que nos envuelve. Por momentos, fuimos capaces de salir del ruido caótico de esta especie que para sobrevivir necesita someter y aplastar.

Después de medio siglo, el ser humano retomó con éxito indiscutible la meta de volver a explorar el espacio exterior que nos envuelve, de mirar hacia las estrellas y de acariciar una vez más la idea de tocar la luna.

La misión Artemis II y su osada tripulación de tres hombres y una destacadísima mujer vuelven a dar motivos suficientes para replantear ese permanente cuestionamiento existencial sobre el papel de nuestra especie en el universo.

Los avances y logros alcanzados por la misión resultan extraordinarios desde todos los ángulos a considerar. La planeación de siguientes encomiendas espaciales están justificadas y alientan la grandeza de que somos capaces cuando nos enfocamos en construir.

Imágenes nunca antes vistas de nuestro satélite natural, el registro de tiempos, distancias, comportamientos, observaciones y condiciones inéditas transmitidas prácticamente en vivo, nos conceden la posibilidad de creer una vez más en la capacidad humana.

Al mismo tiempo y de manera casi imperceptible, Artemis abrió la puerta para que el adormecido motor de la conciencia colectiva diera chispazos de actividad en muchos de sus integrantes.

Las reflexiones de la notable ingeniera, física y astronauta Christina Koch a su regreso del espacio resultan extraordinarias; compartir su emoción y claridad de ideas sobre el pequeñísimo rol que nuestra especie tiene en el universo es una muestra excepcional de conciencia y humildad.

Parada frente a decenas de científicos, ingenieros, investigadores y “expertos” del cosmos, la mujer compartió su experiencia y reconoció con sencillez su limitación para comprender con claridad el cúmulo de aprendizaje alcanzado tras su nueva misión fuera de la tierra.

Sin embargo, también fue capaz de con mucha claridad la sensación de saberse solo parte de ese polvo cósmico que en realidad somos. Comparó a nuestro planeta con una nave espacial que viaja a través del universo con una tripulación de 8 mil 300 millones de humanos.

Analogía brutal y precisa.

La perspectiva de la mujer que hoy es inspiración de millones resulta cautivadora y desafiante. Imaginarnos como la tripulación de una nave espacial única que viaja por el cosmos nos obligaría a pensar en la interdependencia que también debía existir entre los humanos.

Lograr entender y aceptar ese escenario de supervivencia elemental implicaría en lo inmediato un acto de conciencia que no existe entre nosotros.

El ejercicio de ese estado mental que llamamos conciencia no es común entre nuestra especie, no nos gusta escucharla porque resulta brutalmente incómodo reconocer nuestras incapacidades, limitaciones y responsabilidades.

La lección es demoledora por la profundidad que significa ser corresponsables de nuestra propias existencia.

Resulta lastimoso e irónico que 4 seres humanos estando “fuera” de nuestro planeta nos dieran la oportunidad de soñar por instantes con la esperanza de un futuro para la humanidad y al mismo tiempo, los que nos quedamos “dentro” sigamos buscando la forma de amenazar y destruir a los de nuestra misma especie.

Por ello, solo resta escribir: gracias a la misión espacial Artemis II por esos instantes de lucidez y reflexión fugaz pero invaluable.

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