
Las jornadas en la salinera arrancan apenas al amanecer y se extienden casi al mediodía. Eventualmente siguen en la tarde, tratando de evitar el sol abrazador que cala a locales y visitantes.
Rodeado de salicornia, una planta endémica de la región, la salinera cercana a la Barra de Potosí ve el fin de su temporada anual en este mes de mayo.
Con la llegada de las lluvias y la temporada de huracanes a partir del 15 de mayo y hasta el 30 de noviembre, Teodoro Guadalupe dejará en la próxima quincena de trabajar una nera que le permite sumar en su temporada productiva 190 costales de 40 kilogramos, por los cuales recibirá 200 pesos por bulto.
Un trabajo que le generará al año unos 38 mil pesos que le pagan los intermediarios, pues, la cooperativa que existía quedó acéfala hace 2 año cuando mataron a su presidente.
Así que la organización de los salineros de la región cercana al aeropuerto de Ixtapa-Zihuatanejo y el estero que se forma en la zona donde anidan garzas azules, pelicanos, espátulas y otras aves acuáticas, ya no camina más, pues nadie ha querido entrarle al quite y además los salineros no quieren pagar los 5 pesos por bulto que les pedía la cooperativa cuando estaba activa.
Así que el trabajo en la nera, de 6 a 11 de la mañana y en la tarde entre 4 y 6 de la tarde permite recolectar o decantar en 4 a 10 días unos 200 kilogramos que servirán para 5 costales.
Ixtapa proviene del náhuatl y significa “lugar de agua salada”.
De alguna forma hace honor a esos personajes que heredaron el trabajo de sus abuelos y sus padres en las salineras, “todo por no estudiar”, bromea Teodoro Guadalupe, quien de enero a mayo recolectará en una buena cosecha 1 mil 900 costales de 40 kilogramos por los cuales recibirá unos 38 mil pesos para sobrevivir todo el año.
Más o menos ganaría 253.33 pesos diarios, es decir, debajo de los 315.04 pesos del salario mínimo general.
Pero de ese dinero, gastará una gran parte en comprar plásticos “salineros”, una película co-extruida con propiedades mecánicas para evitar filtraciones y que la sal logre secarse al sol de la humedad del mar y el estero de la que es, en la práctica, la segunda laguna más grande de Guerrero.
Cruzar los manglares implica encontrarse esa historia o las de pescadores que estacionan en la orilla del estero sus lanchas tras una pesca de madrugada.
Son testigos, garzas azules, pelícanos y espátulas rosadas compartiendo el mismo territorio, así como cormoranes y fragatas en el estero de Barra de Potosí, una zona de anidación de aves acuáticas que llega a aglutinar, según lugareños y testimonios de biólogos hasta 262 especies, incluidas 52 de carácter migratorio.
En el manglar a la orilla del estero, crecen manglares Candelilla, Saladito, Blanco y Negro, que hacen las veces de barrera natural ante huracanes y ciclones.
En sus ramas, cuando quedan expuestas fuera del agua, se suman una serie de crustáceos que anidaron en sus ramas.
Toda una experiencia para los turistas que navegan las tranquilas aguas de la laguna salada en la Barra de Potosí, que se alimenta del mar.
La mañana para los turistas, contrario a la de la nera de Teodoro Guadalupe transcurre tranquila. En el recorrido en lancha les ofrecen frutas de temporada, café y pan de dulce, conchas o pan de suelo.
El silencio y tranquilidad de la zona se ve roto de vez en vez por alguna nave pescando o anidando.
El recorrido en lancha en la práctica puede parecer discordante, entre la realidad del turista que busca nuevas experiencias y la vida en la nera, donde generaciones han desfilado del sol a sol recuperando la sal que los intermediarios venderán a su vez en mesas gourmet.
Una realidad que los propios turistas podrían romper con un comercio justo, pagando lo que vale el trabajo de los salineros.