
En política, el parentesco nunca es anecdótico: es aritmética del poder.
La presidenta Claudia Sheinbaum fue categórica: no se permitirá la elección inmediata de familiares del titular en funciones para cargos de elección popular. Nada de relevos consanguíneos en Presidencia, gubernaturas o posiciones estratégicas. En Morena —dijo— la regla aplicará a partir de 2027, conforme a estatutos. Traducido: la herencia política no es un derecho sucesorio.
El dato duro que incomoda: en el último proceso electoral federal, Morena y aliados concentraron más del 50% de la votación nacional y gobiernan más de 20 estados. Es decir, la discusión no es retórica; es estructural. Cuando un movimiento domina el mapa, el riesgo de endogamia política aumenta. No por ideología, sino por tentación.
En ese contexto aparece el senador Ignacio Mier Velazco, quien ha reiterado públicamente que su trayectoria es propia y que el parentesco con el actual gobernador no define su carrera. Ha dicho —palabras más, palabras menos— que él compite por méritos y que nadie puede negarle aspiraciones por un vínculo familiar que no eligió.
Del otro lado, el gobernador Alejandro Armenta ha sido cuidadoso: ha sostenido que no interviene en decisiones partidistas y que cada quien responde por su propio capital político. Declaración institucional, tono de manual, distancia medida al milímetro.
Hasta ahí, el expediente formal.
Pero la política no vive solo de comunicados. Vive de coros.
Los aplaudidores de Nacho Mier —siempre diligentes— han salido a matizar lo evidente: que “no son familiares directos”, que “un primo no es sucesión”, que “la democracia no discrimina por árbol genealógico”. Algunos incluso celebran la coincidencia como si fuera virtud genética: “si en la familia hay talento, que se aproveche”.
La lógica es fascinante: la dinastía no existe si se le cambia el grado de parentesco.
El problema no es jurídico, es simbólico. La presidenta habló de evitar la continuidad del poder a través de familiares inmediatos porque la democracia se erosiona cuando parece club privado. Y aunque el estatuto hable de 2027, la ética política no debería tener calendario electoral.
Aquí la pregunta no es si Nacho Mier puede aspirar. Puede.
La pregunta es si el discurso de no-herencia será principio o excepción flexible.
Porque cuando el poder empieza a explicarse por vínculos sanguíneos, aunque sean en línea colateral, la narrativa de transformación se vuelve árbol genealógico.
Y en política mexicana, ya sabemos cómo terminan las familias que se sienten eternas.