
En los últimos años, la comedia televisiva parece (en su mayoría) atrapada en un dilema: o es demasiado cínica y ácida, o se esfuerza tanto por ser “importante” y profunda que se olvida de ser eso, una comedia.
Pero este año, uno de los grandes maestros del humor del nuevo milenio, Steve Carell, regresó a su elemento para recordarnos un poco de lo que eran las sitcoms de mediados de los 90 y los 2000; pero ahora, más que retratarnos al godín millennial, tenemos una radiografía de lo que ser maestro representa hoy en día.
HBO MAX lanzó hace poco “Rooster”, la caótica historia de un escritor de best-sellers de aeropuerto que, tras una crisis, termina dando clases en una prestigiosa y neurótica universidad llena de académicos snobs y estudiantes hiperconscientes, intentando sobrevivir al choque cultural y generacional. Un papel hecho a medida para el hombre detrás de Michael Scott, el casi inmaculado personaje que convirtió a The Office en una obra de culto.
Esta serie, estrenada hace apenas unas semanas, no solo se ha consolidado como el mayor éxito de comedia de la temporada —siendo la más vista en años para HBO/Warner—, sino como el regreso triunfal del actor que extrañábamos desesperadamente en su hábitat natural.
Tras un largo periodo explorando dramas intensos, Carell vuelve a reclamar la corona del humor encarnando ahora a Greg Russo y el resultado de ver a este autor de novelas baratas (poco más que de libro vaquero) varado en el asfixiante y solemne mundo de la academia es, sencillamente, magistral.
¿Y por qué una serie con una premisa tan simple funciona tan ridículamente bien hoy en día?
La respuesta recae en la maestría de Bill Lawrence (mente detrás de Ted Lasso y Scrubs) y Matt Tarses, quienes logran equilibrar la historia con componentes que contrarrestan nuestra compleja realidad social. En un panorama televisivo saturado de distopías y antihéroes agotadores, Rooster destaca por ser una comedia con corazón, que logra reconfortar sin caer en lo empalagoso.
El choque entre el protagonista y el esnobismo intelectual de esta ficticia universidad de Boston es una mina de oro para el humor satírico; una fórmula que recuerda a clásicos como Frasier, pero perfectamente calibrada para las nuevas generaciones.
La historia retrata la brecha de edad con una brillantez hilarante. Mientras los alumnos navegan la realidad armados de hiperconciencia y deconstrucción, el personaje de Carell representa a esa vieja guardia que intenta encajar sin terminar cancelado en el intento; el tipo más incorrecto para las nuevas mentes en medio de un montón de Gen Zs.
El gran acierto de Rooster es cómo expone estas grietas: en lugar de caer en el cliché de la burla fácil, utiliza el choque entre el cinismo pragmático de los jóvenes y el idealismo despistado de los adultos para crear un retrato tan honesto como divertido de nuestra desconexión actual.
Steve Carell brilla, sí, pero no está solo. La química con Charly Clive —quien interpreta a su hija— y el soporte de gigantes de la comedia como Danielle Deadwyler y John C. McGinley, dotan a la serie de una dinámica coral impecable.
Al final del día, Rooster es más que el éxito comercial del año; es una lección sobre cómo revivir el género con una óptica actual. Demuestra que el público no ha perdido el apetito por las historias humanas y sencillas; solo necesitaba que se las contaran con la agudeza y transparencia que este equipo ha logrado imprimir en pantalla.
Con una segunda temporada ya asegurada, queda claro que el cacareo de este gallo (traducción del título al español) se va a escuchar por bastante tiempo. Por ahora, los 10 primeros episodios que conforman la primera entrega ya se encuentran todos disponibles.
Angel Sarmiento
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