El viejo dios del dinero y la nueva ética del poder

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No es un discurso nuevo, pero sí un momento clave para decirlo sin rodeos. Alejandro Armenta decidió usar su primer informe no solo para rendir cuentas, sino para fijar posición. Y lo hizo con una frase que incomoda a unos y entusiasma a otros: Puebla es inmensamente rica, pero durante décadas no avanzó porque los gobiernos neoliberales nunca creyeron en los derechos del pueblo. Su dios —dijo— fue el dinero.

La afirmación no ocurre en el vacío. Puebla arrastra una historia reciente marcada por crecimiento económico desigual, megaproyectos vistosos y bolsillos llenos para pocos, mientras amplias zonas del estado seguían atrapadas entre carencias, inseguridad y abandono institucional. No es casual que el discurso conecte con una parte importante de la población que, aunque escuchó durante años promesas de modernidad, nunca vio reflejado ese progreso en su vida diaria.

Armenta coloca su gobierno dentro de la narrativa de la Cuarta Transformación como una ruptura, no solo administrativa, sino ética. Romper con el viejo régimen —sostiene— implica cambiar la lógica del poder: dejar de gobernar para el mercado y empezar a gobernar para las personas. Una idea que heredó de Andrés Manuel López Obrador y que ahora busca consolidar bajo la presidencia de Claudia Sheinbaum.

En el fondo, el mensaje apunta a algo más profundo que la simple confrontación ideológica. Habla de un Estado que vuelve a asumirse como responsable del bienestar social, en un contexto donde la desigualdad sigue siendo el principal problema estructural del país. La Cuarta Transformación, según Armenta, no se trata de sustituir nombres, sino de construir una nueva ética pública: servidores que entiendan que no están por encima del pueblo, sino a su servicio.

El discurso también tiene una lectura política clara. Puebla no solo se alinea con la agenda federal, sino que se presenta como un estado clave en la consolidación del nuevo proyecto nacional. El respaldo explícito del gobierno de la República no es gratuito: responde a una coincidencia de visión y a la necesidad de mostrar gobernabilidad, rumbo y control en una etapa de transición.

Sin embargo, como toda narrativa potente, esta enfrenta su prueba más dura en la realidad. Porque romper con el neoliberalismo no se decreta: se demuestra. Se demuestra en seguridad, en servicios, en obra pública que llegue a donde nunca llegó, en decisiones que prioricen a los que históricamente no contaron.

Por ahora, Armenta ha puesto las cartas sobre la mesa. Ha dicho de qué lado está y contra qué modelo gobierna. El tiempo —y la calle— dirán si Puebla deja atrás la lógica del dinero que manda o si la promesa de la Cuarta Transformación logra, por fin, convertirse en bienestar tangible para la mayoría.

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