
El brote epidémico de ébola en el este de la República Democrática del Congo (RDC) crece “de forma exponencial” y ahora cubre un territorio más grande que Francia, mientras hay un problema de liquidez acuciante que impide pagar a los trabajadores sanitarios y comunitarios que están en la primera línea de la lucha contra esta enfermedad.
“En los últimos tres meses, 2.500 personas han muerto, la mitad de ellas únicamente en los últimos veinte días”, dijo el coordinador humanitario de la ONU para el ébola, Julien Harneis, mediante una teleconferencia desde Bunia, el epicentro de la mortal epidemia que se declaró hace casi cien días.
En el balance de decesos, recordó que 160 sanitarios contrajeron el virus mientras atendían a enfermos y que de ellos 63 fallecieron tras haber resultado infectados.
Desde el terreno, Harneis describió una realidad muy compleja y plagada de obstáculos para una lucha eficaz contra el ébola, como los ataques regulares contra instalaciones, vehículos o trabajadores de la sanidad; el conflicto armado en la región o los obstáculos logísticos, como el mal estado de la red vial.
“La semana pasada estaba intentando llegar a un lugar muy afectado por el ébola y me tomó más tres horas recorrer 60 kilómetros”, puso como ejemplo.
Sobre los ataques, hubo 260 en los últimos seis meses, pero más y más de estos se dirigen contra quienes trabajan en la respuesta al ébola, que fueron la mitad de todos los ocurridos en julio.
Harneis explicó también que el sistema bancario en la zona afectada prácticamente no funciona, lo que ha ocasionado un grave problema de liquidez que hace que no se pueda pagar a los trabajadores de la salud.
“No podemos llevar el dinero para pagarles, lo que está causando mucha frustración entre ellos”, comentó, tras precisar que a diferencia de brotes de ébola pasados, ahora es el gobierno el que ha asumido el pago de los salarios, con excepción de los trabajadores comunitarios, que también son una pieza clave de la respuesta sanitaria y que son remunerados por las oenegés u organizaciones de ayuda.
El origen de este problema fue la orden dada por el Gobierno de Kinshasa, en los primeros días del brote, de interrumpir los vuelos comerciales entre la capital y Bunia (tres horas de trayecto), que eran los que transportaban efectivo a los bancos locales.
Las transacciones móviles no son en ese lugar una alternativa debido a la escasa conectividad.
Harneis excluyó la opción de que sean los empleados de organizaciones internacionales que son asignados a trabajar en este contexto quienes lleven efectivo, primero por el riesgo al que esto los expone y porque quienes esperan sus salarios son decenas de miles de sanitarios y personal comunitario.
Sobre el rumbo que puede tomar la epidemia, sostuvo que si se toma la resolución “de invertir ahora, de asignar más personal, si se llevan más recursos a zonas remotas al este de la RDC, en meses podríamos ralentizar la transmisión (del virus) hasta detenerlo”.
Pero advirtió que si eso no se hace, la epidemia causará muchas más muertes y se extenderá, con el riesgo que esto supone para los países vecinos.