La CMIC: ¿Cámara Mexicana… o Cámara de los Constantini?

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En Puebla, la Cámara Mexicana de la Industria de la Construcción presume ser la casa de todos los constructores. Pero en los pasillos del sector hay quien ya traduce las siglas con sorna: “Cámara de la Constantini”. No es ocurrencia gratuita; es la consecuencia de una presidencia que, lejos de oxigenar al gremio, parece decidida a perpetuar una forma de operar donde la cercanía, el apellido y la influencia pesan tanto como la maquinaria.

Gustavo Vargas Constantini, actual dirigente de la CMIC Puebla, suele presentarse como empresario conocedor del sector. Y lo es. Pero hay detalles de su trayectoria que llaman la atención y ayudan a entender su lógica de poder.

Formación, mundo y distancia

En el gremio se comenta —y no se desmiente— que Vargas Constantini cursó la preparatoria en Southport, Inglaterra, un dato que él mismo ha dejado correr como parte de su biografía. Southport no es Londres, pero tampoco es cualquier lugar: es una zona con colegios privados de tradición británica. No hay confirmación pública de la escuela específica, pero en esa región operan instituciones como private colleges orientados a estudiantes internacionales. El dato no es menor: habla de orígenes acomodados y de una formación distante de la realidad del pequeño constructor poblano que hoy dice representar.

Abogado, no ingeniero… pero con llave del gremio

Otro punto que incomoda: Vargas Constantini no es ingeniero ni arquitecto, es abogado de profesión. Nadie discute que conozca la industria de la construcción —la ha vivido desde la empresa—, pero el fondo es simbólico y político: la CMIC dejó de estar encabezada por un técnico del gremio para quedar en manos de un operador. Y eso cambia prioridades: menos obra bien hecha, más relaciones bien cuidadas.

Continuidad, no relevo

Lo más revelador ocurre ahora, en la antesala del relevo interno. En el sector se comenta que Vargas Constantini busca imponer como sucesor a Raymundo del Valle Lafont, no como resultado de un consenso amplio, sino como parte de una continuidad pactada. La palabra que más se repite no es “unidad”, sino opulencia.

Y aquí entra el rumor que ya no es tan rumor: que dicha candidatura cuenta con el visto bueno del secretario de Infraestructura del estado, José Manuel Contreras. No hay documento público que lo confirme, pero la versión corre fuerte entre constructores medianos y chicos, esos que rara vez llegan a las grandes ligas de la licitación.

Si esto es cierto —y la CMIC debería aclararlo— estaríamos frente a un esquema clásico:
cámara + poder público + sucesión controlada = favoritismo institucionalizado.

La pregunta incómoda

Nadie acusa delitos. Nadie habla de ilegalidades comprobadas. Pero la política gremial no se mide solo en códigos penales, sino en confianza.

¿Puede la CMIC hablar de “piso parejo” cuando su dirigencia parece heredarse?

¿Puede un presidente gremial, con historial de contratos y cercanías, decidir quién sigue?

¿Puede el constructor pequeño creer que tendrá oportunidad real cuando la cámara parece club privado?

La CMIC Puebla enfrenta hoy un dilema simple pero brutal: o se democratiza, o se caricaturiza.
Porque si la cámara se convierte en un espacio donde unos deciden y otros aplauden, entonces deja de ser representación y pasa a ser administración del privilegio.

Y en ese escenario, las siglas ya no significan Cámara Mexicana de la Industria de la Construcción.
Significan lo que muchos ya murmuran: la cámara de unos cuantos.

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