
Hay algo intrínsecamente feminista en el acto de apropiarse del caos que ¡LA NOVIA!, la nueva entrega de Maggie Gyllenhaal como directora, nos muestra. No busca entregarnos una pieza narrativa perfecta, sino el espejo roto que refleja las ansiedades que la búsqueda de autonomía de la mujer conlleva. Aunque la crítica se debate entre el aplauso y el desconcierto —señalando, con cierta razón, que el guion por momentos tropieza con su propia ambición—, reducir la película a sus costuras narrativas es ignorar el fuego que la alimenta.
Esta historia nos traslada al Chicago de los años 30 impregnado de una atmósfera gótica y surrealista, donde un solitario Frankenstein (interpretado por Christian Bale) solicita la ayuda de la Dra. Euphronius para crear una compañera, dando nuevamente vida a Ida, una reciente víctima de la opresión masculina. Sin embargo, el giro más fascinante y extraño radica en la construcción de Mary Shelley (la autora real del libro), como el alter ego de la protagonista; esta no solo habita el subconsciente de Ida, sino que se convierte en la voz disruptiva que justo la puso en esta situación y que, en esta segunda oportunidad, la lleva a desafiar su propósito original como «objeto creado» por y para el monstruo. Sin memoria ni recuerdos, Ida o, «¡LA NOVIA!», ahora busca el balance entre la mentira que le dicen que fue y lo que en realidad quiere ser.
Se trata de una metamorfosis elevada por Jessie Buckley, la electrizante protagonista cuya interpretación transita entre la vulnerabilidad del renacimiento y una furia incontenible. Encuentra el contrapunto perfecto en un Christian Bale que, alejándose de sus registros más heroicos, entrega una actuación cargada de una ternura grotesca e intensidad melancólica. Juntos buscan que la dinámica entre creador y criatura se convierta en un duelo de voluntades donde la identidad es el único premio real, en medio de una relación al puro estilo Bonnie y Clyde.
Por otro lado, y continuando con el cuestionamiento al papel de la mujer en la sociedad, Penélope Cruz encarna a Myrna, una detective que va tras las huellas de los forajidos. Su sofisticación y poder son sistemáticamente ignorados por el entorno masculino, que la reduce a un objeto estético o a un estorbo. En cada interacción, los hombres intentan silenciar su agencia, tratándola con una condescendencia que solo subraya el miedo que les provoca su innegable capacidad de mando.
Históricamente, la «novia» de Frankenstein fue creada para alguien: un accesorio nacido del deseo masculino y la necrofilia científica. Gyllenhaal resignifica esta premisa desde su inicio. Aquí, el empoderamiento no nace de la perfección, sino de la reclamación del cuerpo y del deseo que se le ha negado a la mujer, no solo en la vida, sino después de ella. Es con esta desesperación que la película nos presenta una feminidad que no pide permiso para existir; una que es ruidosa, desprolija y, sobre todo, soberana. Es en esa falta de «pulcritud» en el guion —tan cuestionada estéticamente— donde reside su mayor honestidad: la liberación femenina no es un camino lineal ni elegante; es, a menudo, un proceso disruptivo y confuso.
Es cierto que la cinta ha recibido críticas divididas. Algunos sectores apuntan a una estructura que se diluye en su segundo acto o a diálogos que rozan lo didáctico. Sin embargo, ¿desde cuándo el arte hecho por mujeres tiene la obligación de ser impecable para ser validado? La directora —y también guionista de la película— quizá prefiere fallar intentando decir algo trascendental que triunfar en la mediocridad de lo seguro. Utiliza el horror y lo grotesco no para asustar, sino para ilustrar el peso de las expectativas sociales sobre la mujer. El personaje central no busca la aprobación del espectador ni la redención moral; busca, simplemente, ser, aun cuando se le ha negado hasta saber su nombre.
No estamos ante una historia de amor romántico, sino ante la autopsia de un sistema patriarcal, narrada con una estética punk que se niega a pedir perdón por sus excesos, tomando como escenario un género y una época que siempre pretendió lo contrario.
¡LA NOVIA!, ya en cines, se sostiene no por la perfección de su estructura, sino por la fuerza de su mensaje. En un Hollywood que a menudo prefiere un feminismo “comercial” y digerible, Gyllenhaal opta por la provocación. Es una invitación a abrazar nuestras propias piezas sueltas y a entender que el verdadero empoderamiento no llega cuando nos arreglan, sino cuando decidimos que, aun estando “hechos de retazos”, tenemos derecho a ser dueños de nuestro propio destino.
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