
Existen historias que no se ven con los ojos, sino con la conciencia. “La voz de Hind Rajab” no es solo una pieza cinematográfica; es un ejercicio de memoria necesaria en un mundo que a menudo prefiere el silencio de la indiferencia y la frialdad de las estadísticas de guerra, aún en su propio territorio.
Nominada a mejor película extranjera en la próxima entrega de los Premios Oscar; este largometraje franco-túnez traído a México por Cine Caníbal y recientemente estrenado en salas cine de nuestro país, disecciona con crudeza el asedio en Gaza, centrándose en el fatídico enero de 2024 cuando el coche de la familia de la pequeña Hind, de solo 6 años, quedó atrapado bajo fuego israelí. La trama no solo recrea las horas de terror de la niña rodeada de sus familiares fallecidos, sino que expone el colapso del derecho humanitario frente al conflicto bélico real. Así mismo, el nudo central trasciende la tragedia individual para denunciar el destino de los paramédicos que intentan rescatarla, evidenciando una guerra donde las garantías internacionales de protección civil desaparecen por completo. Una obra que transforma un dato de las noticias en un testimonio de audio y visual sobre la vulnerabilidad extrema y la impunidad en el campo de batalla moderno.
“La voz de Hind Rajab” nos sitúa justo en el epicentro del dolor humano, rescatando el momento que vivió Hind, atrapada en un auto en medio del conflicto, grabada en una llamada de auxilio, y que se convirtió en el símbolo de una tragedia colectiva. El acierto de la directora Kaouther Bem Hania radica en no caer en el morbo gratuito. En lugar de eso, utiliza el audio real y la narrativa para dar a Hind su identidad. A través de reconstrucciones sutiles y testimonios que hielan la sangre, dejamos de ver una cifra para ver a una pequeña padeciendo tal horror, esperando ser rescatada.
El uso del audio de las llamadas de la Media Luna Roja Palestina crea una atmósfera de tensión asfixiante que conecta al espectador directamente con la angustia del momento. La película, que por cierto, tuvo su estreno en el Festival Internacional de Cine de Venecia el año pasado, donde ganó el León de Plata del Gran Premio del Jurado; denuncia con crudeza la burocracia de la supervivencia y cómo, a veces, la ayuda llega demasiado tarde o simplemente es bloqueada por la mano de la guerra. Nos obliga a mirarnos al espejo y preguntarnos qué hacemos mientras el teléfono sigue sonando al otro lado de la línea.
Ver esta película es un acto de resistencia contra el olvido. Es una obra incómoda, sí, pero lo es porque la realidad que retrata es inaceptable, y no busca que salgamos del cine conmovidos para luego seguir con nuestra rutina; busca que salgamos transformados.
Un mensaje y una reflexión en un tiempo donde las imágenes de conflicto se consumen como contenido desechable; donde la violencia se normaliza en nuestro propio entorno, por miedo y por resignación.
Este filme le otorga permanencia pública al grito de una pequeña que solo quería volver a casa. Un eco debe resonar hasta que no haya más niños, ni adultos, ni ninguna vida en peligro esperando la ayuda a la que parece, se les hubiera negado el derecho.
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