
A menudo se critica a las celebridades por su “activismo de salón”; sin embargo, en un mundo donde el consumo de noticias es fragmentado, un evento que genera más de 40 millones de interacciones en redes sociales es una plataforma de comunicación masiva inigualable. La 83.ª edición de los Golden Globes, celebrada el domingo pasado, fue tendencia no solo por el triunfo de producciones como Hamnet o The Pitt, sino por ser el escenario donde el glamour de Hollywood chocó de frente con la cruda realidad política de los Estados Unidos en 2026.
En una alfombra roja que suele ser vitrina de marcas de lujo, este año el accesorio más disruptivo —y contrastante con las sobrias elecciones de los invitados— fue un pequeño pin blanco y negro con dos leyendas potentes: “BE GOOD” o “ICE OUT”. El mensaje no pretendía ser una sugerencia ética al aire; era un homenaje con nombre y apellido. Las celebridades que portaron la insignia lo hicieron en memoria de Renée Nicole Good, la madre de familia que perdió la vida a manos de un agente de ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) en Minneapolis apenas una semana antes de la gala.
Resultó fascinante —y para algunos, incómodo— ver cómo figuras de la talla de Mark Ruffalo, Natasha Lyonne y Wanda Sykes utilizaron sus minutos frente a las cámaras no para hablar de sus diseños, sino para denunciar lo que Ruffalo calificó como un “gobierno fuera de control”. El protagonista de la serie Task, siempre vocal en su activismo, no se guardó nada: vinculó la tragedia de Good con una crítica feroz a la administración de Donald Trump, acusándola de sembrar el terror tanto en las comunidades migrantes como en la ciudadanía en general. Por su parte, Jean Smart y Ariana Grande llevaron la protesta al corazón mismo de la ceremonia. Ver a Smart aceptar su premio con el pin de “BE GOOD” visible en su vestido fue un recordatorio de que el arte no puede, ni debe, existir en una burbuja. El lema “Be Good” (Sé bueno) funciona en dos niveles: es un tributo al apellido de la víctima y un llamado desesperado a la humanidad en una era de polarización extrema.
Por otro lado, resulta casi poético que la gran triunfadora de la noche fuera “Una batalla tras otra” (One Battle After Another), una sátira que explora precisamente la traición dentro de los movimientos sociales y el costo emocional de la lucha política. El contraste en la sala fue innegable: mientras la cinta de Paul Thomas Anderson diseccionaba en la pantalla las grietas de la resistencia y la radicalización, en la vida real, los asistentes portaban el pin de “BE GOOD” para denunciar una tragedia palpable y urgente. Esta dualidad subraya que el éxito de la película no es solo estético; su narrativa sobre la «batalla» constante por los valores humanos resonó con una audiencia que, minutos antes, en la alfombra roja, exigía justicia para Renée Good y el fin de la impunidad de ICE. Al final, la ceremonia nos recordó que, tanto en el cine como en las calles, la sociedad estadounidense se encuentra sumergida en un ciclo de luchas superpuestas donde el arte y la denuncia son, a veces, la misma arma.
Pero la gran pregunta es: ¿sirve de algo la protesta en la alfombra roja? El hecho de que la campaña haya sido impulsada por organizaciones como la ACLU y MoveOn demuestra que no fue un gesto vacío, sino una estrategia coordinada para que el nombre de Renée Good no fuera olvidado entre el confeti y el champán. La gala de 2026 nos dejó claro que la «normalización» de la violencia estatal es el mayor temor de la comunidad creativa. Como dijo Natasha Lyonne en la alfombra: «Es importante no normalizar lo que está pasando». Al final, los Golden Globes de este año demostraron que, aunque los premios celebran la ficción, los artistas están cada vez más obligados a responder a la realidad.
Ser “bueno” en 2026, según Hollywood, ya no es solo una cuestión de etiqueta; es un acto de resistencia política y, esperemos, no solo una moda.
ANGEL SARMIENTO
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