
Entre el eco de los bombardeos que resuenan con fuerza en la ciudad de Nabatieh, en el sur del Líbano, un grupo de rescatistas de la Defensa Civil Libanesa recogen botellas de oxígeno de su cuartel y las cargan en el vehículo antes de partir a las carreras a seguir salvando vidas.
El propio cuartel, designado como centro regional para toda la provincia homónima, todavía presenta trozos de cristal sobre las literas y armarios rotos por la onda expansiva de un ataque israelí que la semana pasada alcanzó un inmueble a escasos 20 metros de estas instalaciones.
La explosión hirió a once miembros de la Defensa Civil, que tuvieron que ser hospitalizados, y causó daños “significativos” no solo a la sede sino también a varios de sus vehículos, tal y como denunció entonces la organización pública.
“A pesar de los daños en el centro, estamos cumpliendo todas las tareas que se nos exigen”, afirma a EFE uno de los rescatistas, que prefiere mantener el anonimato, mientras sus compañeros apuran la recogida de material en el siniestrado edificio.
Hace poco que regresaron de una misión en un pueblo cercano, donde estuvieron llevando a cabo labores de búsqueda bajo los escombros y sacando a los heridos causados por un nuevo ataque israelí.
“En general estamos respondiendo a todas las misiones, sean de extinción de incendios, rescate o primeros auxilios. Ahora se añaden también misiones nuevas como conseguir agua para los albergues (de desplazados) y colegios, sabiendo que hay cortes de agua”, explica el voluntario.
Habla de toda la provincia de Nabatieh, el espacio gestionado por este centro regional, que abarca desde zonas en plena frontera con Israel hasta otras más alejadas de la línea cero.
La capital de la demarcación administrativa, donde se ubica el cuartel, parece una ciudad fantasma, el silencio roto únicamente por los bombardeos que se repiten cada poco y por las sirenas de las ambulancias que suben y bajan hacia los hospitales transportando heridos.
El rescatista reconoce que la situación presenta “muchos desafíos”, entre ellos las dificultades en el acceso a recursos, pero insiste en que a pesar de todo seguirán desarrollando sus labores “como siempre” lo han hecho.
“Somos una red de seguridad para esta comunidad. Seguimos con nuestra gente y familia para proteger las vidas de los civiles y sus propiedades”, zanja.
Un día después del ataque al lado de la sede, un miembro de la Defensa Civil Libanesa perdió la vida mientras desarrollaba sus labores en Sidón, más al norte, a causa de un bombardeo israelí.
Otras organizaciones de rescate no gubernamentales están siendo todavía más golpeadas por los ataques, que esta misma noche mataron a siete de sus trabajadores en dos pueblos de Nabatieh, elevando a casi medio centenar el número de sanitarios asesinados en el último mes.
Apenas han pasado 16 meses desde que el final de la anterior guerra con Israel permitiera a Nabatieh reconstruir en poco tiempo su destruido mercado y otras zonas de la localidad, pero las montañas de escombros y los cristales rotos ya vuelven a salpicar sus calles vacías.
Un residente estima que la cantidad de población que todavía permanece en la ciudad no llega al 5 %, mientras que otro habla de menos de un 10 %.
Ali Jaber inspecciona su carnicería para ver si ha registrado daños a consecuencia de un bombardeo ocurrido pocas horas antes contra una gasolinera cercana, de la empresa Amana, que Israel está alcanzando por todo el país alegando vínculos al grupo chií libanés Hizbulá.
La estación de servicio ha quedado reducida a añicos, pero Ali ha tenido suerte y su comercio está casi intacto.
Según explica a EFE este vecino, “toda la gente” se ha ido de la ciudad y él mismo partirá hacia Sidón, más al norte, en cuanto termine de cerrar la carnicería. Su familia, cuenta, permanece desplazada en esa urbe costera considerada relativamente segura.
“Toda la gente que conozco se fue, no queda nadie. Todos se han ido de aquí”, comenta el hombre, que sí pasó todo el anterior conflicto de 2024 en Nabatieh, pese a que también entonces sus familiares decidieron abandonar la zona, como la mayoría de la población local.
“No voy a estar aquí, aquí no hay nada”, concluye Ali. Noemí Jabois