
La rivalidad en el deporte de élite es un arma de doble filo: mientras exalta la competitividad, puede funcionar como un mecanismo de hipermasculinidad que obliga al atleta a elegir entre su carrera y su identidad, aun en nuestros días. Pero el fenómeno canadiense “Heated Rivalry” vino a redefinir el estándar en el género de romance y enemistad ficcionada en los ámbitos menos esperados: el deportivo y el literario.
Basada en el segundo libro de la saga Game Changers (2019) de Rachel Reid, una fantasía homoerótica que evoca los mejores fanfics de Wattpad, esta nueva propuesta televisiva rebasa las reglas del hockey sobre hielo para ofrecer lo que el deporte profesional suele ocultar: una vulnerabilidad cruda tras la máscara de la testosterona. La producción, que se convirtió en el sueño de muchas espectadoras, acaparó la pantalla chica los últimos meses de 2025 en Canadá, Estados Unidos y Australia, llegando finalmente a HBO Max hace unas semanas.
La premisa parece sencilla: dos prodigios del hockey, Shane Hollander e Ilya Rozanov, son rivales desde la adolescencia que se odian en la pista, pero mantienen una relación clandestina durante años. El éxito del show radica en que no se apoya únicamente en el cliché; lo hace en una propuesta imaginativa que no tiene miedo de entregar una historia ardiente y escenas muy subidas de tono.
Lo más extraño y curiosamente honesto de esta serie es que decide no pretender ni engañar a nadie.
Heated Rivalry —o Más que rivales, por su título en español— ha irrumpido en el panorama televisivo no como un tratado sociológico sobre el deporte, sino como una oda al deseo desenfrenado en medio de un ambiente donde la homofobia predomina. Aunque sus guiones coqueteen con la crítica a las instituciones deportivas, la realidad es otra: el fenómeno se ha consolidado porque la serie se entrega, sin pedir perdón, a la fantasía erótica.
A diferencia de otros dramas deportivos que buscan el prestigio a través de la solemnidad, esta producción sabe que su mayor arma es la química y el amor prohibido entre Shane e Ilya. Aunque la trama, a mi parecer, se queda a menudo en la superficie de los conflictos que plantea para profundizar en un melodrama ardiente, lo hace con una gran intensidad en sus escenas de cama (o de vestuario).
En “Heated Rivalry”, el sexo no es relleno; es el lenguaje y la narrativa. Lo que los personajes no se dicen con palabras —por miedo, por ego o por contrato— lo gritan a través de una entrega física que el lente captura sin recato. La serie opera en ese espacio idílico donde, a pesar de los riesgos, la atracción desenfrenada desafía la lógica profesional de sus protagonistas, aun cuando esta también pueda parecer armada. Es una ilusión de poder y vulnerabilidad que el público ha abrazado con entusiasmo justo por eso: porque no se instaura en un contexto social ni político real, sino en una ficción donde todo es posible.
Es cierto que, por momentos, uno desearía que se clavara más el diente en la podredumbre del sistema que obliga a sus protagonistas a esconderse, así como en la ética profesional que ambos desafían. Pero es claro que no busca ser un documental, ni ha venido a cambiar las leyes del hockey o la forma de percibir los deportes, sino a encender la imaginación de una audiencia que rara vez ve el deseo masculino retratado con tal protagonismo. Es un proyecto que no se sostiene con estadísticas de goles, sino con tensión sexual.
“Heated Rivalry”, sea de mi gusto o no, ya es un fenómeno cultural porque se atreve a ser provocativa, carnal y orgullosamente centrada en la fantasía; aun cuando muchos consideremos que su base pueda llegar a ser algo genérica. Los 8 episodios de su primera temporada se encuentran ya disponibles.
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