
La muerte de Nemesio Oceguera Cervantes alias “El Mencho” cambia todos los escenarios planteados hasta ahora en materia de combate al crimen organizado en México.
El operativo instrumentado por el ejército mexicano y fuerzas federales en la comunidad de Tapalpa Jalisco da cuenta de la determinación del actual gobierno de la presidenta Sheinbaum para terminar con la impunidad otorgada con la criminal política de “abrazos, no balazos” del expresidente Andrés Manuel López Obrador.
El abatimiento de quien fue no solo un líder sino un símbolo del crimen organizado exige el replanteamiento de todas las estrategias instrumentadas hasta ahora por parte de autoridades federales y
estatales.
Tras la refriega y la muerte confirmada de “El Mencho” la estructura del CJNG ordenó ataques y bloqueos en Jalisco, Tamaulipas, Colima, Nayarit y Michoacán donde el grupo criminal tiene una presencia
determinante.
En otros estados como Morelos, Querétaro, Veracruz, Hidalgo, y Puebla se activaron protocolos de emergencia para atender cualquier brote que pudiera poner en riesgo a la población.
Aqui en Puebla los cuerpos de seguridad entraron en vigilancia extrema sin embargo, no se reportaron los ataques violentos que vivió Jalisco en donde la población se quedó resguardada por la activación
de un código rojo.
El 2026 ha iniciado de manera intensa en materia de seguridad y violencia y no podría ser de otra manera, la revisión o renegociación del TMEC inicia el 1 de Julio y México está obligado a mostrar un
combate real al crimen organizado en este país.
El abatimiento de un líder criminal de este nivel mueve todos los escenarios delincuenciales, los grupos y las células distribuidas en prácticamente todo el país se han quedado en apariencia sin su máximo líder, ello exige mucha más atención y eficacia en las acciones y en la correcta comunicación de las mismas.
Febrero ha sido un mes difícil y doloroso para los poblanos de la capital y la zona metropolitana; 6 personas asesinadas, decenas heridas y miles sometidas emocionalmente por una creciente percepción de inseguridad.
Los eventos de inseguridad se han venido multiplicando al grado de registrarse balaceras, desapariciones, ejecuciones y hasta un reo fugado en una sola semana.
Es innegable que Puebla atraviesa por una crisis circunstancial de inseguridad que exacerba los ánimos de una sociedad temerosa e inconforme por sentirse cada vez más acorralada por la violencia.
La angelópolis dejó de ser ese territorio en el que por acuerdos inconfesables o por acciones eficaces se podía vivir con relativa paz.
Hoy el estado se ha convertido en una plaza que está bajo la permanente disputa de grupos del crimen organizado.
Las autoridades en materia de seguridad reconocen abiertamente la presencia de grupos criminales que buscan apoderarse de las actividades ilícitas que son generadoras de una importante economía informal.
El escenario se agrava mucho más cuando en esta circunstancia de disputa entre grupos de alto poder aparecen células de delincuentes comunes capaces de adquirir armas, de moverse en autos robados y
de atacar en nombre de carteles.
La violencia se multiplica en varios niveles y las autoridades no han logrado recuperar la relativa calma con la que se vive en el estado.
Sin dejar de instrumentar acciones de prevención y operativos que ya son más bien de rutina, pareciera que esta crisis proyecta el momento correcto para que quienes diseñan las estrategias y toman las
decisiones hagan una pausa para retomar el control.
El fallido operativo en contra de Roberto de los Santos alias “El Bukanas” ocurrido a mitad de febrero en la comunidad de El Paredón da clara muestra de que las instituciones siguen vulneradas y
comprometidas.
Otro claro ejemplo del descontrol en el manejo de las acciones y de la información fue el patético caso de los tamales de Huauchinango, un evento local en el que 7 menores recibieron atención clínica por una
intoxicación tras ingerir tamales “contaminados” con fentanilo.
La irresponsable versión derivó en un escándalo político y mediático en el que incluso el embajador de los Estados Unidos en México condenó un hecho que al final, resultó ser falso en los hechos, pero efectivo en materia de percepción negativa.
Las ejecuciones de “La sala de despecho”, las irresponsables versiones filtradas a la opinión pública sobre su origen, las concentraciones sociales de la estrella de Puebla descalificadas aún antes de realizarse, el matrimonio asesinado en los límites de Puebla y Tlaxcala, los tamales contaminados de Huauchinango y otras muchas cosas más enrarecen el inestable ambiente social de los poblanos.
Es momento de retomar cuando menos el control de la retórica institucional a fin de evitar una crisis permanente en materia de percepción negativa.
De hecho urge, porque la muerte de un líder criminal como Nemesio Oseguera motivará muchos movimientos al interior de esa organización criminal y otras que sin duda buscarán una nueva redistribución del territorio nacional y Puebla debe estar lista para los inminentes escenarios de turbulencia.