Sin piedad

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Los estrenos cinematográficos del 2026 no se han hecho esperar en nuestro país y el mes de enero arrancó con la visita del actor Chris Pratt a la ciudad de México para la presentación de su nueva cinta de acción “Sin Piedad”, un thriller distópico no tan lejano, que narra la huida desesperada de un hombre injustamente señalado de asesinar a su esposa por un avanzado sistema de Inteligencia Artificial de vigilancia predictiva.

“En una ciudad de Los Ángeles en el año 2029, donde los algoritmos determinan la culpabilidad antes de que se cometa el delito, un detective acusado de asesinar a su esposa tiene solo 90 minutos para probar su inocencia ante una IA juez, antes de ser ejecutado, explorando la justicia algorítmica y la empatía humana en un juicio contra el tiempo.”

Este formato a manera de tiempo real (muy al estilo de “24”), del también protagonista de
Guardianes de la Galaxia se encuentra ya disponible en cines, y si bien su desarrollo y ejecución se queda muy por debajo de lo que la premisa prometía (incluso pareciendo una copia de clásicos como “Sentencia Previa” de Tom Cruise); el proyecto, que para nada deja de cumplir en la parte de entretener, pudiera funcionar como un recordatorio incómodo de hacia dónde estamos empujando los límites de la ética digital. En un mundo donde la Inteligencia Artificial (IA) ya no es una promesa de ciencia ficción sino una herramienta de control y predicción, la línea entre la seguridad y la distopía se vuelve peligrosamente delgada.

El proyecto, que también cuenta con la participación Rebecca Ferguson como la implacable jueza digital, queda para muchos a deber en lo que podría ser e irónicamente, abusa de lo mismo a lo que intenta juzgar: un excesivo uso de digitalización que la hace parecer casi un videojuego, pero no deja de sembrar su semilla de realidad. En un real 2026, nos encontramos en una encrucijada.

La IA ha pasado de generar imágenes curiosas a gestionar infraestructuras críticas y predecir comportamientos humanos. A diferencia de muchas de estas distopías cinematográficas, el riesgo no es que las máquinas “despierten”, sino que los humanos las programemos para ser implacable o deleguemos nuestro juicio moral a un código, perdiendo la “piedad” que da título al filme y sustituyéndola por una eficiencia fría y binaria.

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Lo inquietante es que la realidad parece estar imitando cada vez más al arte en su búsqueda de entretenimiento extremo (o bien, siempre ha sido así), tal cual le vimos en cintas como “El Sobreviviente” de Glen Powell a finales del año pasado, donde la humanidad pierde su sentido ante el morbo de la cacería digital, y muy similar a lo que vemos en la de Pratt. Tan solo el fin de semana pasado, por ejemplo, “Skyscraper Live” de Netflix, la transmisión del escalador profesional estadounidense Alex Honnold realizando una escalada sin cuerdas (free solo) a uno de los rascacielos más altos del planeta, alcanzó cerca de 6.2 millones de visualizaciones de la plataforma, posicionándose como uno de los contenidos más vistos de la semana. Un espectáculo que, si bien se trata de algo realizado por un profesional, se mueve por el morbo de la fragilidad humana, contrastante con la supuesta humanización con la que IA nos empieza a dominar.

Este tipo de eventos televisados, donde el riesgo de muerte se convierte en contenido Premium, parecen también sacados directamente de un guion de supervivencia futurista, alimentando una cultura del hiper-espectáculo donde la privacidad es el precio de la entrada y el peligro ajeno se monetiza a través de suscripciones. La tecnología se usa para captar cada gota de sudor en 8K, pero rara vez para cuestionamos la moralidad de lo que estamos viendo.

¿Un Futuro inevitable? “Sin Piedad” nos advierte que los futuros distópicos no llegan con una explosión, sino con una actualización de software y un contrato de términos y condiciones que nadie lee. Al permitir que la IA decida quién es “prescindible” y que el entretenimiento se nutra del peligro real, no solo estamos viviendo en una película de ciencia ficción; estamos ayudando a escribir nuestra continua decadencia y sería bueno asegurar una tecnología con ética y verdadero sentido humano, antes de que el botón de “pausa” en nuestro futuro deje de funcionar para siempre.

ANGEL SARMIENTO
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