
Existen obras que capturan el espíritu de una época antes incluso de que esta termine de definirse, y Una batalla tras otra, la última genialidad de Paul Thomas Anderson que llegó recientemente a plataformas, es sin duda la radiografía más incómoda del Estados Unidos actual. Tras arrasar en los Critics Choice Awards 2026 y consolidarse como la gran favorita para los Oscar, esta cinta no solo está redefiniendo el cine de autor de gran presupuesto, sino que se ha convertido en el termómetro más preciso —y doloroso— de la psique estadounidense contemporánea.
La trama, inspirada libremente en la narrativa de Thomas Pynchon, nos presenta a una pareja de anarquistas (interpretados por un Leonardo DiCaprio en su faceta más cruda y una reveladora Chase Infiniti) huyendo de un régimen que utiliza la vigilancia y la retórica del orden como armas de guerra. Pero más allá de su impecable factura técnica o su banda sonora, el verdadero triunfo de Anderson es la oportunidad del estreno.
En un momento donde Estados Unidos atraviesa una de sus etapas sociales más polarizadas —marcada por el regreso de políticas migratorias extremas y una retórica de “nosotros contra ellos”—, la película se siente menos como una ficción y más como un documental del futuro cercano, o quizá del presente. Mientras en las noticias vemos redadas y una militarización creciente de las fronteras (y más allá de ellas), en la pantalla vemos a DiCaprio e Infiniti luchando contra una burocracia que ha decidido que la libertad es un privilegio y no un derecho, algo que resuena mucho con la reciente situación de Venezuela.
Es fascinante observar el contraste: mientras Hollywood se viste de gala para celebrar la película, el país que la inspira parece estar viviendo su propio tercer acto de suspenso. La “batalla tras otra” de la que habla el título no es solo la de los protagonistas contra el Coronel Lockjaw (a quien da vida Sean Penn), sino la batalla diaria de una sociedad que intenta descifrar qué queda de su democracia bajo el peso del autoritarismo y el supremacismo.

Para mi gusto, el favoritismo de la cinta en la temporada de premios responde a una necesidad colectiva de catarsis. La Academia suele premiar historias que “importan”, y en 2026, nada importa más que entender cómo se llegó a este punto de fractura social. Anderson no ofrece respuestas fáciles ni finales de cuento de hadas; nos ofrece un espejo donde la sátira muerde y la acción oculta una profunda melancolía por un país que se desvanece. La película no es solo una crítica al sistema; es una advertencia sobre lo que sucede cuando el espectáculo se vuelve el único lenguaje político que nos queda.
Al final, Una batalla tras otra nos deja una lección incómoda: mientras los focos de la alfombra roja iluminan a las estrellas, afuera, en las calles reales, la lucha por la identidad de una nación continúa y si el cine sirve para algo, es para recordarnos que, incluso en el bache más profundo de la carretera, siempre hay una loma más por subir. Una batalla tras otra ya está disponible en HBO MAX —por si no la alcanzaron en el año pasado en cines— y es definitivamente de esas películas que darán mucho de qué hablar durante todo el año, especialmente por cómo resuena con el clima social actual, porque el 2026 parece ponerse al tú por tú con las historias de ficción y acción. A mí solo me queda decirles, ¡Feliz Año Nuevo!…
ANGEL SARMIENTO
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