
“Nuestros enemigos son los primeros soldados del mundo; pero vosotros sois los primeros hijos de México.”
Ese fue el mensaje del General Ignacio Zaragoza a sus tropas la madrugada del 5 de mayo de 1862. Lo dijo mirando a un ejército lleno de incertidumbre que enfrentaría, y le ganaría, a la fuerza militar más poderosa del planeta.
Puebla conmemoró 164 años de aquella gesta heroica con un magnífico desfile. Y fue inevitable que algo en ese momento me recordara que la historia tiene una forma muy precisa de volverse presente.
En 1862, el escenario era adverso: un México endeudado, con 2 mil soldados y poco más de 2 mil 700 Zacapoaxtlas armados con machetes frente a 7 mil soldados franceses, los mejor equipados de su época. La apuesta era que México cedería, pero se equivocaron.
Las y los mexicanos defendieron su país, ganaron, y ese hecho histórico hoy está más vigente que nunca. Tal y como lo señaló el Gobernador Alejandro Armenta en su discurso: México no es colonia, no es protectorado y no acepta intervenciones.
Quienes hoy buscan que las decisiones del país se resuelvan desde el exterior repiten el mismo error de siempre.
La presidenta Claudia Sheinbaum fue igual de contundente: quienes no tienen respaldo popular y buscan apoyo afuera están, como en 1862, destinados a la derrota.
Zaragoza unió a liberales y conservadores, a soldados y a comunidades indígenas que bajaron de la sierra a defender lo que era suyo.
En aquella época no ganó un bando, ganó México. Por eso el 5 de mayo sigue conectando tanto con Puebla. Porque aquí entendemos que cuando cerramos filas, somos más fuertes que cualquier adversario.
Esa quizá es la lección más vigente de la batalla: los retos cambian, pero hay principios que no deberían cambiar nunca: La defensa de nuestra soberanía, el orgullo de lo que somos y la capacidad de mantenernos unidos cuando más importa.
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