Michael: La historia del rey del pop

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Hay una pirámide de la cultura pop en cuya cima, sin duda alguna, se encuentra el hombre que definió esa palabra en la era moderna; aquel que convirtió una voz y una figura en el símbolo más importante de una corriente, definiendo no solo una época, sino el resto de la historia musical del mundo. Michael Jackson es la representación absoluta de la estrella de pop: el ídolo de la música que dio paso a la realeza de la industria.

Contar su vida puede ser un deleite pero, ¿cómo retratar su legado ante los fans? Intentar narrar la historia del Rey del Pop parece un acto complicado —aun con todas las licencias que pudieran necesitarse para hacerlo sin reservas—, porque así como la figura pública, el hombre detrás del mito resulta en algo tan complejo como intrigante.

Por todo esto, el estreno de la cinta Michael (2025) ha aterrizado en los cines como un terremoto cultural, dividiendo a la audiencia entre la devoción por el ídolo y la exigencia de un retrato humano completo.

Tras años de anticipación, la llegada a las salas de este proyecto dirigido por Antoine Fuqua no es solo un estreno cinematográfico; es un evento que nos obliga a reflexionar si es posible separar el arte de la tragedia, y el genio del escándalo.

Lo primero que salta a la vista es el acierto casi místico del casting. Jaafar Jackson no solo interpreta a su tío; lo canaliza. Su capacidad para replicar la vulnerabilidad en la voz y la precisión eléctrica en el baile es, sencillamente, hipnótica. Por momentos, la pantalla deja de ser una proyección y se convierte en una ventana al pasado. Si el objetivo de la película era recordarnos por qué el mundo se detuvo con Thriller o el moonwalk, la misión está cumplida con creces.

Sin embargo, el filme camina sobre una cuerda floja muy peligrosa. Al ser una biografía autorizada por el patrimonio de Jackson, la narrativa se siente a menudo como un santuario bellamente iluminado. La producción de Graham King —quien ya refinó la historia de Freddie Mercury en Bohemian Rhapsody— apuesta por la espectacularidad y el catálogo musical (con más de 30 canciones), pero parece esquivar los rincones más oscuros del rancho Neverland.

La crítica ha sido mordaz en este punto: algunos la tildan de “hagiografía corporativa” por su tendencia a suavizar los episodios más controvertidos. Pero, ¿qué buscamos realmente en una película sobre Michael Jackson? La cinta opta por centrarse en el trauma del niño prodigio y la presión de una industria que lo devoró, lo cual ofrece una perspectiva empática que a menudo se pierde en los tabloides. Es un retrato del “artista como víctima de su propio éxito”, una tesis válida pero que deja a los espectadores más escépticos con ganas de una mayor profundidad psicológica.

No se treta del morbo ni la especulación, sino de la suavidad con que se representa a un personaje tan profundo como rico en matices, lo que para mi gusto deja en la superficie lo que pudo ser un discurso puramente humano y sinceramente honesto. Michael es sin duda un espectáculo sensorial imprescindible para cualquier amante de la cultura pop. Es una celebración técnica del talento que cambió la música para siempre. Pero como biografía, queda como un espejo roto: refleja destellos brillantes de genio, pero se niega a mostrar las grietas más profundas del hombre detrás del guante. Un mito que permanece intacto, aunque que probablemente volverá con una segunda entrega.

Al final, salimos del cine con la misma sensación con la que recordamos al Rey del Pop: fascinados por su luz, pero perplejos ante su misterio.

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