Cuando el dinero dejó de ser la noticia

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Le confieso algo.

Cuando apareció la información de que la FIFA analizaba incorporar inversionistas a una nueva empresa para administrar sus activos comerciales, pensé que la noticia eran los cuatro mil doscientos millones de dólares que buscaba levantar.

Cinco minutos después entendí que estaba viendo la historia equivocada.

La verdadera noticia comenzó cuando respondió la UEFA.

Y lo hizo con una frase que seguramente seguiremos escuchando durante mucho tiempo.

“El fútbol no le pertenece a la FIFA.”

En ese momento dejé de pensar en el dinero.

Empecé a pensar en el poder.

Porque la UEFA no discutió la valuación de la operación.

No cuestionó el monto.

Ni siquiera habló de los inversionistas.

Fue mucho más allá.

Cuestionó la legitimidad.

Y entonces apareció una pregunta que quizá nunca nos habíamos hecho con suficiente seriedad.

¿De quién es realmente el fútbol?

Parece una respuesta sencilla.

Pero no lo es.

El fútbol pertenece a los clubes que forman jugadores.

A las ligas que organizan sus campeonatos.

A las federaciones nacionales.

A millones de aficionados que llenan los estadios.

Y también a la FIFA, que durante casi un siglo construyó la competencia deportiva más importante del planeta.

Precisamente por eso la discusión resulta tan interesante.

Porque ya no gira únicamente alrededor de un Mundial.

Gira alrededor de quién tendrá la capacidad de conducir el negocio global del fútbol durante las próximas décadas.

Hay un detalle que pasó prácticamente inadvertido.

Mientras la mayoría discutía los miles de millones de dólares, muy pocos voltearon a ver quiénes podrían aportar ese capital.

Entre los interesados aparece Thrive Eternal, el vehículo de inversión de largo plazo encabezado por Joshua Kushner, hermano de Jared Kushner, empresario, exasesor y yerno del presidente Donald Trump.

No, no creo que la historia sea el parentesco.

Pero tampoco creo que deba ignorarse.

En el deporte de alta competencia, en la política y en las grandes finanzas, los vasos comunicantes rara vez son producto de la casualidad. No prueban nada por sí mismos, pero tampoco deberían pasar inadvertidos.

Las grandes decisiones suelen reunir actores capaces de moverse con naturalidad entre los mercados financieros, los centros de decisión política y las instituciones globales.

Ésa es la naturaleza del poder.

Pero el apellido Kushner no responde la pregunta de fondo.

La verdadera pregunta es otra.

¿Qué vio un fondo de inversión acostumbrado a apostar por activos estratégicos para pensar que la FIFA puede convertirse en una inversión atractiva durante los próximos treinta años?

Los fondos de inversión no compran emociones.

No compran goles.

No compran campeones.

Compran organizaciones capaces de generar valor de manera permanente.

Y cuando un inversionista institucional observa a la FIFA, probablemente no está pensando en el próximo Mundial.

Está pensando en los próximos veinte.

Ahí fue donde entendí que algo había cambiado.

Durante décadas creímos que la FIFA organizaba una competencia.

Hoy los mercados financieros parecen decir otra cosa.

Que la FIFA construyó un activo.

Y existe una enorme diferencia entre organizar un torneo y administrar un activo global.

Entonces comprendí también la reacción de la UEFA.

Porque cuando una organización fortalece su capacidad financiera, inevitablemente fortalece también su capacidad de decisión.

Y el fútbol, nos guste o no, siempre ha sido una disputa por el poder.

Hace apenas unas semanas escribíamos en este espacio que la expansión del Mundial no era únicamente una decisión deportiva.

Después analizamos cómo la FIFA había ido concentrando cada vez más influencia dentro del ecosistema del fútbol.

Hoy todas esas piezas empiezan a acomodarse.

No eran historias distintas.

Era la misma historia.

La historia de una organización que, durante casi cien años, construyó una plataforma global capaz de despertar el interés del capital institucional.

Y aquí me permito hacer una reflexión que va mucho más allá de la FIFA.

Hace apenas unos meses la Liga MX decidió crear una nueva empresa para concentrar y administrar sus derechos comerciales.

Hoy esa empresa pertenece a los dieciocho clubes.

Hasta ahí, nada extraordinario.

Pero hace apenas unos años también habría parecido imposible imaginar que un fondo de inversión quisiera adquirir una participación en una empresa creada por la FIFA.

Hoy esa conversación existe.

Entonces vale la pena hacerse otra pregunta.

¿Quién puede asegurar que algún día un fondo de inversión no quiera convertirse también en socio de la empresa que administra los derechos comerciales de la Liga MX?

No estoy diciendo que vaya a suceder.

No existe hoy información que permita afirmarlo.

Lo que digo es algo distinto.

Que el precedente ya está sobre la mesa.

Y cuando los precedentes aparecen, las preguntas dejan de parecer fantasías.

Empiezan a convertirse en escenarios posibles.

Quizá la gran transformación del fútbol ya no pase únicamente por el reglamento, el VAR o el calendario internacional.

Quizá la verdadera transformación esté ocurriendo en la forma en que se gobierna este deporte.

Porque una cosa es administrar una competencia.

Y otra muy distinta administrar una empresa propietaria de los derechos de esa competencia.

Durante un siglo discutimos quién gobernaba el fútbol.

La próxima década podría obligarnos a discutir quién será socio de esa gobernanza.

Y quizá ahí esté el mayor cambio que veremos en el fútbol del siglo XXI.

No quien levante la próxima Copa del Mundo.

No quien organice el siguiente Mundial.

Sino quién terminará siendo copropietario de las plataformas que hacen posible ese negocio global.

Porque cuando el capital entra a una institución, no siempre cambia sus principios.

Pero casi siempre cambia sus incentivos.

Y cuando cambian los incentivos, tarde o temprano cambian también las decisiones.

La discusión ya no será solamente quién gobierna el fútbol.

La verdadera discusión será quién participa en esa gobernanza.

Porque la pelota casi nunca entra sola a la portería.

Y en el fútbol, como en la política y en los grandes negocios, los vasos comunicantes suelen explicar mucho más que las casualidades.

Mientras tanto, nosotros

VEREMOS Y DIREMOS.

Hasta la próxima.

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