La misericordia que Liz Vilchis no tuvo

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Podría aceptar que Liz Vilchis cambió.

De verdad.

Podría creer que aquella mujer que escribió comentarios crueles sobre el cuerpo de otras mujeres, que utilizó expresiones clasistas, que juzgó apariencias, maternidades y vidas ajenas, hoy piensa diferente.

Han pasado más de diez años. La gente aprende. Madura. Se avergüenza. Rectifica.

Ese no es el problema.

El problema es que hace apenas unas semanas Liz Vilchis no pareció recordar el valor de las segundas oportunidades cuando las señaladas eran otras mujeres.

Durante la polémica protagonizada por las diputadas Grace Palomares y Nay Salvatori, después de sus desafortunados comentarios sobre hombres mayores y aquella expresión del “olor a baúl”, Vilchis se sumó con dureza al reproche público.

No hubo demasiados matices.

No hubo una reflexión sobre si una frase torpe define para siempre a una persona.

No hubo demasiada misericordia.

Hubo juicio.

Y ahora que el archivo digital dio vuelta la mesa, la mujer que durante años ayudó a colocar a otros bajo el reflector pide que distingamos entre quien fue y quien asegura ser hoy.

Tiene derecho a pedirlo.

Pero también tenemos derecho a sentirnos decepcionadas.

Porque el problema de sus tuits no es solamente la gordofobia.

Tampoco es exclusivamente el clasismo.

Ni siquiera son las palabras vulgares que una joven escribió cuando quizá jamás imaginó que años después hablaría desde el Palacio Nacional.

El problema es la falta de memoria cuando el error pertenece a los demás.

Resulta incómodo observar cómo funciona nuestra indulgencia.

Para nuestras equivocaciones pedimos contexto.

Para las ajenas exigimos consecuencias.

Nuestros errores pertenecen al pasado.

Los de los demás revelan quiénes son “en realidad”.

Cuando nosotros cambiamos, hablamos de evolución.

Cuando cambia alguien con quien no simpatizamos, sospechamos oportunismo.

Y eso es precisamente lo que vuelve insuficiente el “yo ya no soy esa persona” de Liz Vilchis.

Porque nadie debería exigirle que siga siendo la mujer de 2011.

Pero sí podemos preguntarle qué ocurrió con la mujer de 2026.

La que hace unas semanas miró los errores de Grace Palomares y Nay Salvatori desde una posición mucho menos comprensiva que aquella que hoy solicita para sí misma.

Y no, esto no significa defender lo que dijeron aquellas diputadas.

Sus palabras también podían cuestionarse.

Las mujeres no estamos obligadas a protegernos de toda crítica únicamente porque somos mujeres.

Pero hay una diferencia enorme entre criticar una conducta y convertir el error del otro en alimento para una hoguera pública.

Deberíamos saberlo mejor.

Sobre todo quienes alguna vez hemos estado del otro lado.

Porque existe algo profundamente triste en descubrir que mujeres que hoy hablan de inclusión alguna vez lastimaron a otras mujeres precisamente con las armas más viejas del machismo: el cuerpo, el peso, la edad, la apariencia, la sexualidad.

Nosotras también aprendimos esa violencia.

También nos enseñaron a mirar a la otra y encontrarle defectos.

A competir.

A juzgar.

A llamar “gorda”, “fea”, “puta”, “vieja”.

Reconocerlo debería producir algo más profundo que una disculpa.

Debería producir empatía.

Y quizá eso es lo que echo de menos.

No en los mensajes de hace quince años.

En el presente.

Porque una transformación verdadera no se demuestra escribiendo que una ya cambió.

Se demuestra cuando aparece frente a nosotros alguien cometiendo un error parecido al nuestro y, pudiendo destruirlo, recordamos quiénes fuimos.

Liz Vilchis merece la posibilidad de haber cambiado.

Como Grace.

Como Nay.

Como cualquier mujer.

Como cualquiera de nosotros.

Pero las segundas oportunidades tienen una condición moral muy sencilla:

no pedir para una misma la comprensión que se negó a los demás.

Por eso el problema nunca fueron solamente aquellos tuits.

El problema no es 2011.

El problema es cuánto de aquella forma de mirar a los otros consiguió llegar hasta 2026.

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