CIUDAD DE MUERTOS

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Hay ciudades como las de nuestro país, que no solo se construyen sobre cimientos de concreto y acero, sino que son edificadas sobre capas y capas de memoria, tragedia y misterio. Encontrar el punto exacto donde la realidad cotidiana se cruza con el eco de lo macabro no nos es ajeno, y ha sido siempre el gran oficio del fotoperiodismo de nota roja. Pocas figuras encarnaron ese pulso clínico ante la muerte como el legendario Enrique Metinides, fotógrafo mexicano cuyo trabajo para varios tabloides le dio importante reconocimiento como retratista desde hace más de 6 décadas.

Es con este contexto que les doy, que llega a las salas de cine Ciudad de Muertos, dirigida por J.M. Cravioto: un thriller de época que funciona como un respetuoso homenaje ficcionado a la mirada de Metinides, pero que va mucho más allá de la simple biografía. La película nos transporta a la Ciudad de México de los años 50, escenario donde un fotógrafo de tragedias (interpretado por Jero Medina) se ve envuelto en una turbia investigación tras el hallazgo de un cadáver, encontrándose en el camino con una enigmática niña que desdibuja la línea entre los vivos y los que ya se han ido.

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Lo fascinante de este estreno comercial —estratégicamente programado para este 29 de octubre— es cómo funciona de manera orgánica con las fechas que hoy transitamos. Mientras las calles se saturan de cempasúchil, papel picado y altares dedicados a los Fieles Difuntos, nuestra cultura demuestra una vez más una familiaridad única con la muerte. No le tememos del todo; la miramos de frente, la estetizamos y la recordamos. Ciudad de Muertos capitaliza esa pulsión, pero la traslada del ritual colorido del altar al claroscuro áspero del cine negro.

No olvidemos que en el centro de esta propuesta cinematográfica se encuentra la lente. El fotoperiodismo de nota roja siempre ha tenido una cercanía con el cine de terror y el thriller psicológico. Ambas disciplinas buscan lo mismo: retratar el instante exacto en que la vida de alguien cambió para siempre, revelando la fragilidad humana —por darle una definición alejada del morbo con el que le asociamos—. En la cinta, la cámara fotográfica no es solo una herramienta de trabajo, sino un testigo silencioso de la tragedia que guarda los secretos de los fantasmas urbanos que habitan en las calles.

En una cartelera saturada de fórmulas extranjeras repetitivas o terror estadounidense, que una producción mexicana de este calibre llegue a las pantallas en plena semana de Día de Muertos es un auténtico regalo para los que amamos el género. Para mí, resulta la perfecta invitación a mirar nuestra propia historia urbana, a recordar que debajo de la plancha de la gran ciudad siempre ha corrido un río subterráneo de mitos, de sombras y de belleza trágica.

Si este fin de semana buscan algo que trascienda el susto fácil y los sumerja en una atmósfera de auténtico cine negro con sabor mexicano, Ciudad de Muertos es una opción excelente para cerrar la temporada en el que los vivos y los muertos convivimos más de cerca; porque el horror más fascinante no viene de los monstruos inventados, sino de las cicatrices reales que dejamos a nuestro paso.

Angel Sarmiento

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