
Hoy el mundo verá una Final de la Copa del Mundo.
Millones de personas discutirán quién llega mejor, quién tiene más talento, quién domina la posesión, quién presiona más alto o quién posee la mejor generación de futbolistas.
Habrá análisis tácticos.
Estadísticas.
Inteligencia artificial.
Probabilidades.
Cientos de expertos intentando adivinar el resultado.
Todo eso estará bien.
Pero, permítame decirle algo, amigo lector.
La verdadera Final comenzará mucho antes del silbatazo inicial.
Comenzó esta noche.
Mientras millones de personas dormían soñando con la gloria, hubo dos hombres incapaces de cerrar los ojos. Lionel Scaloni.
Luis de la Fuente.
Dos habitaciones.
Dos libretas abiertas.
Dos países completos durmiendo.
Y dos hombres completamente solos.
Porque el partido más difícil nunca se juega sobre el césped.
Se juega contra uno mismo.
Durante semanas hemos hablado aquí de una profesión que pocas veces entendemos en su verdadera dimensión.
Hemos aprendido que un entrenador construye equipos.
Pero un Seleccionador administra destinos.
El entrenador prepara partidos.
El Seleccionador prepara cuatro años de esperanza condensados en noventa minutos.
Ésa es la diferencia.
Y mañana llegaremos al examen definitivo.
No existe recuperación.
No existe partido de vuelta.
No existe una segunda oportunidad garantizada.
Sólo una Copa del Mundo.
Y un hombre que sobrevivirá al resto.
Imagino a Scaloni repasando una vez más la alineación.
No porque no la conozca.
La conoce de memoria.
La escribió cientos de veces.
La ha imaginado durante meses.
Pero existe un momento en que la razón deja de buscar respuestas y comienza a buscar tranquilidad.
Imagino a Luis de la Fuente haciendo exactamente lo mismo.
Repasando nombres.
Visualizando escenarios.
Imaginando lesiones, expulsiones, prórrogas, penales, cambios inesperados.
No porque dude de sus futbolistas.
Sino porque entiende que mañana cada decisión dejará de pertenecerle para convertirse en historia.
Nadie duerme realmente la noche anterior a una Final de Copa del Mundo.
Mucho menos quien deberá decidir el destino de todo un país.
Porque cuando amanezca ya no habrá espacio para corregir.
Sólo para creer.
Y entonces aparecen los hombres del Seleccionador.
Durante esta Copa hablamos de los hombres de la Primera Decisión.
Aquellos que reciben la confianza desde el primer minuto.
Hablamos también de los hombres del Equilibrio.
Los que sostienen al equipo cuando todo parece romperse.
Después llegó el Hombre de la Última Decisión.
Aquel que aparece cuando el torneo decide quién sigue vivo y quién comienza a hacer maletas.
Pero conforme avanzó esta historia descubrimos que todavía faltaba una categoría.
Quizá la más extraordinaria de todas.
El hombre que bendice las decisiones.
Porque las decisiones nacen en la cabeza del Seleccionador.
Pero sólo algunos futbolistas poseen el extraño privilegio de convertirlas en una convicción colectiva.
Ellos no solamente ejecutan un plan.
Le dan sentido.
Lo hacen creíble.
Multiplican la confianza de todo un equipo.
Messi ha hecho eso durante dos décadas.
No únicamente resuelve partidos.
Hace que quienes lo rodean crean que cualquier plan puede funcionar.
Por eso Scaloni dirige con una certeza.
Luis de la Fuente, en cambio, tiene frente a sí a un joven extraordinario llamado Lamine Yamal.
Tal vez destinado a escribir una época.
Pero todavía recorriendo el camino que las leyendas tardan años en construir.
Mañana no veremos únicamente a dos generaciones enfrentadas.
Veremos a un rey cerrando una era…
…y a un muchacho intentando demostrar que algún día podría ser digno de ocupar ese lugar.
Porque las coronas no se conquistan derrotando a un rey.
Las coronas sólo se heredan cuando el tiempo demuestra que existe un sucesor capaz de sostener su peso.
Y, sin embargo, nada de eso será lo más difícil.
Lo verdaderamente difícil llegará cuando el partido entre en esos minutos donde el tiempo parece detenerse.
Minuto setenta.
Minuto ochenta.
Minuto noventa.
El banco comienza a mirar al Seleccionador.
Los jugadores buscan sus ojos.
Todo un país espera una decisión.
Y él comprende que nadie puede tomarla por él.
Ése es el instante donde desaparece el entrenador.
Y nace el Seleccionador.
Existe, sin embargo, un instante del que casi nunca se habla.
Cuando la libreta ya está cerrada.
Cuando el cuerpo técnico ya opinó.
Cuando las estadísticas terminaron.
Cuando la lógica dejó de ofrecer respuestas.
El Seleccionador vuelve a quedarse completamente solo.
Y es precisamente ahí donde aparece su último consejero.
La intuición.
Muchos la confunden con improvisación.
No lo es.
La intuición nace cuando el conocimiento, la experiencia y miles de horas de observación dejan de pensar con palabras y comienzan a reconocer aquello que todavía no puede demostrarse.
Pero ni siquiera eso basta.
Hace falta algo mucho más difícil.
El valor de obedecerla.
Hace algunos días recordábamos una frase que resume mejor que ninguna otra el precio del liderazgo.
William Wallace, antes de la batalla más importante de Escocia (en la película “Corazón Valiente”), reunió a sus hombres y les dijo:
“Sí, luchen y tal vez mueran. Corran y vivirán… al menos por un tiempo. Y muriendo en sus camas dentro de muchos años, ¿estarían dispuestos a cambiar todos los días desde hoy hasta entonces por una sola oportunidad… una sola oportunidad…?”
No era un discurso sobre la guerra.
Era un discurso sobre el arrepentimiento.
Porque el peor enemigo del ser humano nunca ha sido la derrota.
Ha sido la oportunidad que dejó escapar por miedo.
Y creo que ningún oficio entiende mejor esa verdad que el del Seleccionador.
Una derrota puede explicarse.
Puede existir un rival superior.
Una expulsión.
Un rebote.
Un penal.
Un poste.
El fútbol siempre ofrece argumentos.
Lo que jamás encuentra explicación…
Es la decisión que nunca se tomó.
¿Cómo se vive sabiendo que el cambio correcto permaneció sentado en la banca?.
¿Cómo se duerme imaginando que bastaba un paso al frente para cambiar la historia?.
¿Cómo se envejece acompañado por un “qué hubiera pasado si…”?.
Las derrotas terminan cuando el árbitro señala el final.
Los arrepentimientos permanecen mucho después de que los estadios quedan vacíos.
Acompañan al hombre durante toda la vida.
Ésa es la carga invisible del Seleccionador.
Mañana uno levantará la Copa del Mundo.
El otro deberá aprender a convivir con el recuerdo de las decisiones que tomó…
…y también con aquellas que nunca se atrevió a tomar.
Porque un Seleccionador puede sobrevivir a una derrota.
Lo que jamás consigue derrotar…
Es la decisión correcta que el miedo le impidió ejecutar.
Y quizá ahí se encuentre la mayor enseñanza de este Mundial.
No solamente para Scaloni.
No solamente para Luis de la Fuente.
Sino para todos nosotros.
Todos, alguna vez, hemos tenido una Final.
En un negocio.
En una empresa.
En una familia.
En una oportunidad que no volvió.
Todos hemos sentido el peso de decidir.
Y todos sabemos que hay derrotas que sanan.
Pero también sabemos que existe un adversario mucho más cruel.
El arrepentimiento.
Cuando el árbitro señale el final, el mundo recordará quién levantó la Copa del Mundo.
Nosotros sabremos por qué la levantó.
Porque durante semanas descubrimos que las Copas no pertenecen únicamente a los mejores futbolistas.
Pertenecen, casi siempre, al hombre que fue capaz de tomar la decisión correcta cuando el miedo le ofrecía un camino más cómodo.
Porque los entrenadores preparan partidos.
Los Seleccionadores preparan destinos.
Y mañana, cuando todo termine, uno de ellos habrá aprobado el examen más difícil que existe en el deporte.
El otro volverá a casa con una pregunta que quizá lo acompañe para siempre.
¿Y si hubiera tenido el valor de decidir diferente?
Porque, al final, las grandes decisiones nunca nacen únicamente del conocimiento.
Ni de la experiencia.
Ni siquiera del talento.
Nacen cuando el conocimiento, la experiencia y la preparación se encuentran con ese instante casi inexplicable que algunos llaman inspiración y otros llaman intuición.
Pero la intuición jamás cambia la historia por sí sola.
Lo que cambia la historia es el valor de hacerle caso.
Tal vez ésa sea la última gran lección que nos deja esta Copa del Mundo.
Porque mañana no levantará el trofeo quien menos dudas haya tenido.
Lo levantará quien haya sido capaz de mirar al miedo de frente…
…confiar en su preparación…
…escuchar su intuición…
…y tener el valor de convertirla en una decisión.
Porque las Copas del Mundo no pertenecen únicamente a quienes saben más.
Pertenecen, casi siempre, a quienes tienen el coraje de decidir cuando nadie puede garantizarles que tienen razón.
Amigo lector…
No lo olvide.
Todos somos los Seleccionadores de nuestra propia vida.
Y tarde o temprano…
Terminamos jugando nuestra propia Final de la Copa del Mundo.
Mientras tanto nosotros…
Veremos… y diremos.
Nosotros, como siempre, seguiremos en línea.
Hasta la próxima.
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