La caída de la ballena

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A primera vista, la premisa de La caída de la ballena (Whalefall) puede ser el delirio perfecto de una película de acción y ciencia ficción: un buceador novato se sumerge en las costas con el propósito obsesivo de encontrar los restos de su padre, pero su misión se convierte en pesadilla cuando es tragado por un cachalote de sesenta toneladas; una de esas historias de supervivencia que le fascinan tanto a nuestros vecinos del norte. Para mí, ha sido una de las fantasías más conmovedoras de la temporada sobre el duelo y la pérdida.

Dirigida por Brian Duffield (Amenaza en lo profundo) y basada en la novela de Daniel Kraus, esta cinta despliega un thriller de supervivencia extremo con una técnica asombrosa, respaldada además por una intensa interpretación protagónica a cargo de Austin Abrams (Euphoria), la presencia en flashbacks de Josh Brolin como el exigente padre, y las actuaciones de figuras como Elisabeth Shue y John Ortiz.

Sin embargo, lo que verdaderamente me atrapó de La caída de la ballena no es la intrepidez con la que Jay intenta abrirse paso desde dentro del gigantesco cetáceo —cual mezcla de Hombres de Honor y Pinocho—, sino lo que ocurre en su mente. El verdadero monstruo en las entrañas del animal no resulta la biología marina, sino el peso aplastante de la ausencia.

Y es que, ¿qué es el duelo sino una caída estrepitosa hacia las entrañas de algo inabarcable que nos devora sin previo aviso? Cuando perdemos a una figura compleja —como un padre áspero y de exigencias duras en este caso—, la sensación es exactamente esa: quedar atrapados en un espacio cerrado, a oscuras, donde las paredes de la culpa y los recuerdos nos oprimen el pecho. Un sentimiento de pérdida y desconcierto con el que —en mucha menor medida— me identifiqué en el último mes.

Mientras Jay exprime los últimos minutos de aire que le quedan, su mente viaja hacia los instantes compartidos con su progenitor. Aquellos consejos que en vida se sentían como una carga tiránica se convertirán ahora, en la única brújula para seguir respirando un poco más.

Para mí, la verdadera genialidad de la historia no es la asombrosa y mortal odisea que vive el protagonista, sino entender que la salida física de esa trinchera de carne y hueso no será posible si no va acompañada de una liberación interna. Escapar de la ballena para Jay, significa hacer las paces con el fantasma de su padre; necesita perdonarlo y aceptar que las expectativas no cumplidas ya no tienen poder sobre su presente. Aceptar su situación y aplicar todo lo que vive y sabe para tratar de salir de ahí.

En la vida real, procesar una pérdida comparte mucha similitud, esa misma textura de lucha sorda contra la desesperanza y el vacío. Sentirnos tragados por la marea de la rutina mientras por dentro caemos en el remordimiento de lo que no pudimos arreglar a tiempo, como una caída libre por un pozo sin fondo.

La recepción de la película ha sido sumamente favorable tanto por parte de la crítica especializada como del público, aplaudiendo la labor fotográfica de Aaron Morton y el diseño de sonido. Ambos elementos logran construir una atmósfera claustrofóbica donde los ácidos corrosivos derriten el traje de buceo y el oxígeno se agota en apenas una hora, aunque la verdadera molestia resulta mucho más profunda.

La caída de la ballena más que una aventura, es una gran analogía sobre cómo asimilamos el dolor y la pérdida. Sin pensarlo, fue un recordatorio de que sanar no se logra huyendo del dolor sino atravesándolo —y aquí pasa de forma visceral—. Una cinta cuyo significado del título no podría representar mejor el duelo y el renacimiento, ya sabrán por qué se los digo. La película aún está disponible en cartelera y es un buen momento para verla si buscan un drama con significado profundo.

Angel Sarmiento

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