
Se afirma que la más grande lección de la historia es recordar al que la escribió y olvidar al que la construyo.
Considero que tal es el caso, y otros muchos más como el abogado Luis Cabrera Lobato que tal vez se acuerden en donde nació pero ignoran su vida al servicio del hombre y de la Patria.
Lucho por sus ideales sus principios, la Ley y la Democracia, la Constitución, la Justicia y la Dignidad, creyó en todo ello, fue un hombre de firmeza y trabajo por todo ello.
Tal vez lo hemos olvidado pero fue constructor del México nuevo.
En nuestro país ha habido mujeres y hombres cuya presencia no se queda en un solo lugar, sino que por actuar en beneficio de la nación pertenecen en esencia a toda la Patria. Es el caso de la esencia, de Luis Cabrera Lobato.
Con su conducta como visionario mexicano se convierte en valor cívico con los que se estructura la grandeza de un país.
Con su conducta y pensamiento forman las bases para integrar un vital sentido de unidad que estructura toda una vigorosa entidad Nacional.
En este contexto se ubica al ciudadano poblano Luis Cabrera Lobato además uno de los mejores tribunos en nuestro país, hombre vertical en sus convicciones que le hicieron alejarse de su actividad política cuando estimo que eran traicionados sus principios.
Su majestuosa biografía nos señala que:
Luis Cabrera Lobato Nació en Zacatlán, Puebla el 17 de julio de 1876. Sus estudios primarios los hizo en su pueblo, pasando después a la Escuela Nacional Preparatoria en los años de 1889 a 1893. Estudió en la Escuela Nacional de Jurisprudencia en 1901, recibiéndose de abogado. Catedrático de Derecho Civil en la propia Facultad en 1907 y 1908. Director de la misma en 1912. Diputado Federal en 1912 y 1917; Ministro de Hacienda en 1914-17 y 1919-20. En 1918 recorrió varios países de la América del Sur como Enviado Especial del Gobierno Mexicano; miembro de la Comisión Mixta de Reclamaciones entre México y los Estados Unidos 1916-1917. Retirado de la política desde 1920, se distinguió como jurista, escritor y poeta. Entre las brillantes figuras que aportó la revolución de 1910, don Luis Cabrera ocupó uno de los lugares más prominentes. De clara inteligencia, certero y valiente en sus juicios, afrontando decididos trascendentales para la vida de la Nación, don Luis Cabrera actúa en uno de los momentos más difíciles de nuestra historia. Publicó: “Veinte años después”, “El Balance Problemas Trascendentales de México”, “La Herencia de Carranza”, “La cuestión religiosa en México”, firmando con el pseudónimo de Blas Urrea. “La Revolución de entonces y la de ahora”, y numerosas monografías sobre temas políticos y sociales. Como literato, Lucas Ribera publicó “Musa Peregrina”, “La señorita Elisa”, un volumen de traducciones poéticas escocidas del francés, Inglés e hindú. Hizo una traducción del hebreo al castellano del Cantar de los Cantares. Desempeñó el cargo de Presidente de la Junta de los bienes intervindos al Extranjero y estaba dedicado al ejercicio de su profesión. Murió en la ciudad de México en 1956.
Se le recuerda además por haber sido autor de la Ley agraria del 6 de enero de 1915; con importante trascendencia en la vida agraria del país.
Pronuncio un vigoroso discurso sobre Venustiano Carranza, parte del mismo contiene lo siguiente.
Carranza supo vivir.
Como hijo, como padre, como esposo, como hermano, como amigo, vivió plenamente obedeciendo los mandatos que al hombre impone su Creador.
Pero no se limitó a cumplir como hombre bueno, sino que sobresaliendo del nivel de sus semejantes y distinguiéndose de ellos en lo que los héroes se distinguen de los demás mortales, supo tener un ideal, supo luchar por el, y pudo obtener de su existencia el máximo de rendimiento que se necesita para que un hombre pueda merecer el dictado de maestro de vidas y pasar a la historia en paralelo con los grandes varones sin temor de que su nombre se pierda entre la turba de las medianías.
Carranza supo morir.
La muerte, como el nacimiento, no es un acto voluntario de los hombres, y sin embargo, bien puede decirse que sabe morir aquel a quien, de todas las muertes que pudieron haberle tocado en suerte, tuvo la fortuna de encontrar precisamente aquella que sirviera de coronamiento a la obra misma de su vida.
Carranza supo morir, porque cayó en el cumplimiento de su deber, precisamente en el momento en que llegaban a su crisis los problemas a cuya resolución había dedicado toda su existencia; porque murió en defensa de sus ideales y supo ver venir la muerte con serenidad, aceptándola como una consagración.
La Constitución Mexicana es su majestuosa obra al servicio de los mexicanos, que dará más frutos a la historia.
Todos los guías de la Revolución Mexicana fueron hombres que no esperaron el cambio, sino una generación que provocó y lucho por el cambio generoso del progreso con base en la Ley Suprema.
Ahora nos hemos venido a juzgar a nadie, ni a hacer ninguna apoteosis. Hemos venido a regar la tumba de un amigo para que crezcan los cipreses que la protegen con su sombra, a depositar sobre la loza de su sepulcro el puñado de flores de nuestra piedad, y a recitar la plegaria que se levanta de nuestros corazones.