BACKROOMS

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Hubo un tiempo en que el cine de terror se alimentaba de lo explícito: un asesino con máscara de hockey, un demonio con sed de almas o un monstruo cubierto de fango. Sin embargo, el estreno de la esperada película Backrooms —producida por A24 y que ya se encuentra en cines— confirma que el miedo contemporáneo ya no ruge; más bien, zumba en el inquietante silencio de la nada.

La premisa es simple, “Una extraña puerta aparece en el sótano de una sala de exposición de muebles”.

Este inicio adapta y expande el corto que en 2022 alimentó una de las leyendas urbanas más importantes de la década, marcando el salto a la gran pantalla del director Kane Parsons —quien con solo 16 años revolucionó YouTube—, demostrando ahora su madurez visual.

El filme, protagonizado por Chiwetel Ejiofor y Renate Reinsve, sigue a Clark, el hombre que descubre el laberinto infinito tras la puerta oculta, y a Mary, su incrédula terapeuta. El peso de esta asfixiante odisea recae sobre una consagrada Reinsve, cuya brillante y visceral actuación transmite una desesperación absoluta y convierte el miedo psicológico en algo tangible desde el primer minuto.

Para quienes crecieron navegando en los rincones de internet, los Backrooms no son una novedad.

Nacidos de un humilde foro de internet, describen un laberinto infinito de oficinas alfombradas, paredes de un amarillo rancio y una soledad absoluta. El verdadero acierto de la película no es solo llevar este concepto a la pantalla grande con una estética impecable, sino entender por qué nos perturba tanto. No es un miedo biológico al depredador; es el reflejo exacto de las ansiedades de toda una generación.

Los Backrooms se crean de los llamados espacios liminales: lugares de transición (pasillos de hoteles, centros comerciales vacíos, salas de espera) que se sienten extraños cuando están desiertos. Para la Generación Z y los Millennials, estos entornos nos evocan la infancia hipercomercializada de los años 90 y 2000. Ver esos fondos amarillentos es como recordar un viejo parque de juegos interior o la oficina donde trabajaba algún familiar. Pero al despojarlos de personas, la película transforma la nostalgia en una trampa. Nos muestra un pasado vacío, atrapado en un bucle infinito del que no podemos escapar.

A diferencia del terror clásico, donde el objetivo es sobrevivir al villano, en los Backrooms el peligro es la inmensidad de la nada. Es una metáfora brillante del aislamiento moderno y de la adultez contemporánea. El inquietante silencio que nos enfrenta a nuestro mayor miedo, el que duerme en nuestro inconsciente.

Aunque quizá los más adultos encuentren dificultad para relacionarse con lo visto en pantalla, algo que me fascina destacar de este proyecto a nivel de cultura popular es cómo consolida una transición en el cine de terror: el folklore ya no se escribe alrededor de una fogata en el bosque, sino en foros digitales y videos de YouTube. A24 logra captar que el miedo actual es psicológico, arquitectónico y profundamente existencial, con un toque análogo.

Una cinta que —aunque para todos—, va dirigida a una generación que creció desarrollando una fobia por estos lugares, del mismo modo que otras generaciones la desarrollaron, en su tiempo, a los payasos.

Los Backrooms no nos asustan porque contengan seres malvados (que a veces los hay), sino por la versión más cruda de nosotros mismos que podamos encontrar; y porque tememos que, si caemos fuera de la realidad, el universo sea tan indiferente, monótono y vacío como una oficina abandonada.

Angel Sarmiento
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