Obsesión INCEL

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La semana pasada hablábamos de cómo el cine de terror actual atraviesa un interesante cambio impulsado por la Generación Z, que encuentra en situaciones cotidianas o conductas normalizadas del pasado —como el machismo y las relaciones tóxicas— nuevas fuentes de fobia y denuncia. Un claro ejemplo de esta tendencia es “Obsesión”, la cinta de suspenso en cartelera que, junto a Backrooms, domina las salas de cine y la conversación en este momento, no solo por el miedo que infunde, sino por lo que este representa.

Dirigida por Curry Barker, Obsession (por su título en inglés) es un perturbador e impactante thriller de horror psicológico y body horror. La historia sigue a Bear (Michael Johnston), un joven tímido que ha vivido eternamente enamorado en secreto de Nikki (Inde Navarrette), su mejor amiga y compañera de trabajo. Incapaz de aceptar el rechazo y cegado por su propia obsesión, Bear recurre a un misterioso artefacto místico que concede deseos, desencadenando una espiral de violencia, control y horror corporal que transforma la clásica historia de un enamoramiento no correspondido en una auténtica pesadilla, donde se somete la voluntad de otro.

Pero el verdadero horror de esta cinta no es lo que se esconde en las sombras, sino lo que está a plena luz del día, encarnado en su propio protagonista. La genialidad de la película —y lo que incomoda a la audiencia— no es el susto fácil ni la sangre, sino la radiografía impecable de un monstruo moderno: el hombre que se cree la víctima.

A lo largo del metraje, el guion juega brillantemente con nuestras expectativas. Se nos presenta a Bear, el protagonista, como el clásico arquetipo del “chico bueno” incomprendido; alguien a quien los espectadores, por inercia cinematográfica y tradición narrativa, deberíamos compadecer y apoyar. Pero a medida que la trama avanza, la bandera de la empatía se nos cae tras revelar una verdad mucho más perturbadora. Su supuesta “búsqueda de amor” o “justicia” no es más que una insana necesidad de control, sentimiento de posesión y alienación.

Es imposible ver Obsession y quedarse callado ante debate social que ha provocado fuera de la pantalla. La película funciona como una alegoría cruda y muy precisa del movimiento incel (célibes involuntarios) y de las comunidades de la “manosfera” que habitan los rincones más oscuros de internet. El protagonista destila cada uno de los síntomas de esta subcultura: el resentimiento social y la creencia ciega de que las mujeres le “deben” atención por el simple hecho de existir, culpando a todos de su infortunio.

Esta desconexión y negación de su propia realidad la vemos en la incapacidad que tiene para procesar el rechazo de Nikki, transformando una negativa legítima en un desafío personal o incluso en una conspiración social en su contra. Su obsesión no nace del amor, sino de un ego herido que se disfraza de romanticismo trágico. El verdadero pavor de la película no radica en lo que el protagonista hace para satisfacer su vacío, sino en cómo justifica sus terribles acciones ante sí mismo. Él es un héroe en su propia historia, y eso lo vuelve completamente aterrador, impredecible y peligroso.

Este proyecto pone un espejo frente a conductas que, a menor escala, a veces se normalizan o se romantizan en la cultura pop: los celos enfermizos, la insistencia desmedida o disfrazar el acoso de perseverancia. La deshumanización de la mujer víctima (Nikki), a quien ante los ojos de los demás se pinta como el monstruo, tachándola de loca y manipuladora, cuando en realidad es la verdadera afectada de esta supuesta, y terrorífica, historia de amor. Los amigos que alimentan esta idea de que quien sufre y de quien se aprovechan es del “pobre e indefenso” Bear, aun conociendo parte del trasfondo de lo que ocurre y prefiriendo quedarse callados.

Quizá lo que más me aterraba al estar en la sala, era lo fácil que es relacionar la situación con experiencias de conocidos y pensar cuántas veces hemos visto parejas con conductas destructivas en las que se nos vende que uno es el villano, cuando en realidad puede estar atado a la voluntad del otro. Por eso este relato está impactando tanto: por la cotidianidad en su historia, más allá de los elementos sobrenaturales que la adornan.

“Obsesión” nos deja una lección escalofriante sobre el terror actual: no necesitamos almas en pena del más allá. El espíritu más perverso de nuestra era es de aquel que, consumido por su propio sentido de superioridad moral y alimentado por cámaras digitales que le hacen eco, decide que si el mundo no se dobla ante sus deseos, tiene todo el derecho de destruirlo. Esta no es solo una buena película de miedo; es el diagnóstico de una patología social que camina entre nosotros llevada hasta sus últimas consecuencias, y que pueden ver aun en cines.

Angel Sarmiento

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