La economía en forma de K

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Durante muchos años aprendimos que las economías crecían o caían de manera relativamente uniforme. Se hablaba de recuperaciones en forma de V, U, W o L, dependiendo de la velocidad con la que un país salía de una crisis. Sin embargo, en los últimos años ha tomado fuerza un concepto distinto: la K-shaped Economy o economía en forma de K.

La idea fue popularizada durante la recuperación posterior a la pandemia de COVID-19 por diversos economistas y analistas financieros, al observar que mientras algunos sectores, empresas y personas experimentaban un crecimiento acelerado, otros continuaban deteriorándose. La imagen es sencilla: una línea de la letra K sube y la otra baja. Unos prosperan, mientras otros retroceden.

¿Por qué ocurre? Porque las crisis ya no afectan a todos por igual. La digitalización, la inteligencia artificial, el acceso al capital, la educación y la capacidad de innovación hacen que algunos aprovechen las oportunidades mientras otros enfrentan mayores dificultades. Hoy es posible que las bolsas de valores alcancen máximos históricos y, al mismo tiempo, millones de familias sientan que cada vez les alcanza menos para vivir. Esa es la paradoja de la economía en forma de K.

Los ejemplos abundan. Empresas de tecnología, inteligencia artificial, salud y servicios digitales han crecido a tasas extraordinarias, mientras sectores tradicionales como el comercio minorista independiente, algunos servicios presenciales o pequeñas manufacturas enfrentan márgenes cada vez más estrechos. Marcas de lujo siguen reportando buenos resultados, mientras el consumo masivo se vuelve más cauteloso y sensible al precio.

México tampoco es ajeno a esta realidad.

Por un lado, el país ha recibido inversiones impulsadas por el nearshoring, la manufactura de exportación y la relocalización de cadenas de suministro. Empresas vinculadas a la industria automotriz, electrónica y logística han encontrado nuevas oportunidades. Incluso organismos internacionales reconocen la estabilidad macroeconómica y el potencial de crecimiento del país.

Pero, al mismo tiempo, miles de pequeñas empresas siguen enfrentando altos costos financieros, menor poder adquisitivo de los consumidores y una competencia cada vez más intensa, especialmente de plataformas digitales y comercio internacional. Mientras algunas regiones viven un auge industrial, otras continúan dependiendo de actividades con menor productividad.

La economía no avanza al mismo ritmo para todos.

¿Qué significa esto para un emprendedor?

Primero, entender que ya no basta con hacer bien las cosas. Hoy es indispensable identificar en qué parte de la K queremos estar. Permanecer inmóviles puede significar, sin darnos cuenta, quedar en la rama descendente.

Segundo, invertir de manera permanente en conocimiento. La capacitación dejó de ser un gasto para convertirse en una inversión estratégica. Quien aprende más rápido suele adaptarse mejor.

Tercero, incorporar tecnología e inteligencia artificial. No para sustituir personas, sino para aumentar productividad, mejorar la experiencia del cliente y tomar mejores decisiones.

Cuarto, diversificar. Depender de un solo cliente, proveedor o mercado es cada vez más riesgoso en un entorno donde los cambios ocurren con enorme velocidad.

Y, finalmente, recordar que ninguna ventaja competitiva es permanente. La historia empresarial está llena de compañías que dominaron una industria y desaparecieron por creer que el éxito de ayer garantizaba el de mañana.

La economía en forma de K nos deja una lección poderosa: las crisis ya no distribuyen sus efectos de manera uniforme. Premian a quienes se adaptan y castigan a quienes permanecen inmóviles.

Foto: Alamy

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