Hasta Siempre Carlos: El adiós a un rebelde

Fantasma

Hoy es de esas columna que uno no quisiera nunca escribir. Decirle adiós a un referente, a un titán, a una leyenda del periodismo valiente,  comprometido con sus convicciones de ese que hoy ya no existe no es una tarea sencilla. Hoy tenemos que decirle buen viaje a Don Carlos Albert. ¡gracias!

Seguramente abundaran las esquelas institucionales que no le gustaban a Carlos por que estaban cargadas de hipocresía. Recuerdo que una vez me dijo; “En este país de sepultureros hipócritas, a los muertos les brotan alas de querubín antes de que la tierra termine de cubrir la fosa. Seguramente en las próximas horas y días, de manera publica una inmensa mayoría lamentaran la pérdida, ensalzan la trayectoria de quien en vida llamaron loco, insolente o apestado. Si Carlos Albert Llorente pudiera leer los comunicados engolados de los mismos señores de pantalón largo que intentaron destruirlo, soltaría una carcajada bronca y les escupiría los zapatos.

​Carlos no era ningún santo. Tampoco pretendía un nicho en el altar . Era un tipo volcánico, terco como una mula, visceral hasta la médula. Tenía equivocaciones monumentales y aciertos demoledores, pero cargaba con una virtud en peligro de extinción: una honestidad brutal, kamikaze, incapaz de arrodillarse ante el poder. Podías mentarle la madre a la pantalla de televisión o aplaudirle de pie en la sala, pero jamás pudiste dudar de que lo que salía de su garganta venía de sus entrañas, no de un cheque corporativo.

​Para entender a la fiera que hoy se va, hay que recordar de dónde venía. Fue zaguero central del Necaxa y seleccionado nacional en México 68. Conoció las cloacas del fútbol desde el pasto. Y cuando la inmensa mayoría de sus compañeros prefirió agachar la cabeza para asegurar la quincena, Carlos cometió la osadía mayor: encabezar el primer y único sindicato real e independiente de futbolistas. Exigía dignidad, contratos transparentes y el fin de ese mercado de esclavos llamado “pacto de caballeros”. La respuesta del monopolio fue fulminante: lo borraron del mapa, lo vetaron de por vida y le cerraron todas las puertas.

​Cualquier otro se hubiera quebrado. Albert se apretó el cinturón, agarró la pluma y se convirtió en la peor pesadilla del sistema durante más de medio siglo.

​Durante décadas, en el diario ESTO, cuando no existían pantallas táctiles ni redes sociales, escribió su columna: Cosas de la patada. No tenía asistentes, becarios ni redactores fantasma. Escribía a mano, hoja por hoja, tachando y apretando el papel con rabia porque despreciaba la tecnología. “Si no te duele la mano al escribir, Fantasma, no estás sintiendo lo que denuncias”, me dijo alguna vez.

​A Carlos no le inventaron leyendas de censura como a otros que presumen vetos ficticios en mundiales donde jamás estuvieron castigados. A Carlos sí lo vetaron de verdad. Lo marginaron de torneos, le clausuraron cabinas y los dueños de los clubes exigieron su cabeza decenas de veces. Nunca bajó la mirada. Mientras el gremio se bajaba los pantalones ante Doña Fede y Doña Tele a cambio de un gafete o una cobertura pagada, él les cantaba sus verdades de frente.

​Compartí trinchera con él, desde ESPN hasta La Octava en Radio Centro, donde colgó el micrófono. Su despido de la cadena deportiva fue una radiografía exacta de su ADN: el emporio de Disney prohibía tajantemente fijar posturas políticas en redes sociales, pero el día de unas elecciones federales, cuando la Liga programó un partido del equipo de Ricardo Salinas Pliego para reventar la veda electoral, a Carlos le hirvió la sangre. Sabía las consecuencias. Sabía que le cortarían la cabeza. Le importó un carajo el manual corporativo estadounidense; antepuso el deber cívico a la nómina y destrozó la maniobra en público. Lo echaron, sí, pero salió caminando erguido, con la dignidad intacta, como mueren los hombres de una sola pieza.

​Hoy la televisión deportiva apesta a plástico. Las mesas de análisis son circos donde personajes ensayan berrinches para volverse virales en redes sociales, para luego irse a cenar juntos y reírse de la audiencia.  Albert jamás necesitó actuar. Era un toro salvaje frente a la cámara, pero en cuanto se apagaba la luz roja, emergía el otro Carlos: un caballero culto, noble, educado y entrañable, incapaz de guardar rencor a los mismos que acababa de destrozar en el debate.

​Murió invicto. No le debe un solo centavo a la cobardía. Se fue con el escudo abollado por la metralla, pero con la bandera de su verdad en lo más alto del mástil. Podias odiarlo o amarlo, pero jamás gris o insipido..

​Buen viaje, Carlos. Aquí nos quedamos los que aprendimos de tu fuego, resistiendo en la trinchera para que los mercenarios del silencio no se queden con la última palabra.

​“Prefiero morir de pie que vivir arrodillado.”

— Emiliano Zapata

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