
La realidad no tiene matices, es solo la verdad y nada más que la verdad, y se acepta como es.
España y México están unidos en la historia y vinculados con un espléndido idioma.
Existen palabras como los dichos, las frases hechas, los modismos, las locuciones, los refranes, los adagios, entre otras, que tienen ambos orígenes.
En realidad no me atrevería a afirmar que unas nacieron en España y otras en México, o nacieron en un lugar y en otro la transformaron. En este aspecto se dan la mano cultural MÉXICO y ESPAÑA.
Hay un libro titulado Biblioteca Práctica de la Lengua, editado por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y la empresa Talavera de la Reina, que trata sobre los temas anteriores y que se transcriben en esta oportunidad.
En el siglo XVII se puso de moda en la corte francesa, modelo de etiqueta para las demás cortes europeas, no despedirse cuando se abandonaba una reunión; porque era señal de mala educación interrumpir la reunión para despedirse; lo permitido era mirar el reloj como gesto que indicaba a los demás que dicha persona tenía que ausentarse contra su voluntad y dejar tan grata compañía.
Esta costumbre pasó al resto de Europa; pero cuando esta moda cambió y el despedirse a la francesa era considerado como una descortesía, los franceses rechazaron su paternidad y adoptaron la expresión despedirse a la española o a la inglesa.
Siendo justos con los franceses, hay que reseñar lo que dice el filólogo gaditano José María Sbarbi (1834-1910) en El refranero general español, en donde nuestro autor acertadamente opina que el despedirse a la francesa debió surgir de la costumbre francesa del sans adieu (sin adiós), que al pie de la letra significaba despedirse con propósito de volver, lo cual era un gesto cortés que expresaba el agrado que producía la compañía que temporalmente se abandonaba; sin embargo, en España el sans adieu fue tomado en un sentido literal de descortesía.
Se emplea cuando alguien se ausenta de un lugar o de una reunión repentinamente y sin despedirse.
Procede de la creencia popular de que este anfibio emite un quejido parecido a un llanto para despertar la curiosidad de sus víctimas y atraerlas a su escondite para devorarlas; esa es la leyenda.
Pero, en realidad, las lágrimas de cocodrilo son una secreción de tipo acuoso que mantiene la humedad de sus ojos cuando está fuera del agua; además, ocurre que sus glándulas salivales y lacrimales están tan próximas que se estimulan a la vez, por ello también se dice que el cocodrilo llora mientras come.
Se dice cuando una persona llora hipócritamente, fingiendo un dolor que no siente.
La frase es atribuida al Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba (1453-1515), gran genio militar de la época de los Reyes Católicos.
Ya aparece citada en el Tesoro… (1611) de Covarrubias y en El Quijote.
Esta frase se utiliza cuando alguien facilita la huida de un adversario en vez de ensañarse con él. Más cotidianamente se emplea cuando alguien expresa su satisfacción por perder de vista a alguien poco grato.
Hay dos versiones creíbles sobre su origen.
Para algunos procede de las preguntas que se hacían a los detenidos siguiendo los hábitos procesales:
El declarante siempre respondía que no tenía ningún dinero; siempre el detenido respondía que estaba a la cuarta pregunta.
Otros creen que es una deformación coloquial y burlesca que ponían en práctica los estudiantes en las antiguas novatadas. Existía la costumbre de someter a los novatos a un interrogatorio en el que aparecían, entre otras, las siguientes preguntas:
Todos los estudiantes respondían afirmativamente a las tres primeras preguntas; pero al llegar a la cuarta pregunta decían que no tenían dinero, por lo que pudiera pasar con lo poco que habían llevado de sus casas.
Así pues, el estudiante que estaba a la cuarta pregunta se hallaba escaso de dinero.
Estar escaso de dinero o carecer totalmente de recursos.
Se trata de una reacción natural de nuestra piel que, cerrando al máximo sus poros para intentar contrarrestar la pérdida del calor corporal, adquiere un aspecto muy parecido al de la piel de las gallinas desplumadas.
Se puede presentar por un descenso repentino de la temperatura interior del cuerpo, generalmente provocado por el frío extremo, o bien por una fuerte impresión motivada por el miedo o un susto intenso.
Aspecto que toma la epidermis, similar al de la piel de una gallina, debido al frío o al miedo; también se dice piel de gallina.
La frase alude al palo con el que los ciegos van tentando por donde van; pero sobre el origen del significado de la frase hay varias anécdotas.
Unos hablan de una antigua costumbre extendida en Castilla y León, Navarra y Aragón, en tiempos de Alfonso VII (1104-1157), que consistía en soltar varios cerdos en una plaza o lugar cerrado para que fuesen perseguidos, hasta matarlos, por unos cuantos ciegos, que, en su afán de matar a los cerdos para llevárselos como premio, daban furiosos palos al aire o a los otros ciegos, entre la hilaridad del público.
Una versión moderna y menos cruel de aquella diversión medieval es la piñata, juego que consiste en vendar los ojos del participante para que, con un palo o garrote, a tientas, rompa unos pucheros de barro colgados de una soga, llenos de caramelos, agua, harina, etc.; el jugador vendado, enfadado por varias intentonas frustradas y desorientado, a veces golpeaba con fuerza, aunque involuntariamente, a algunos de los curiosos que se acercaban demasiado para ver el juego.
Actuar sin rumbo fijo, al azar, por carecer de conocimientos o experiencia a la hora de afrontar una situación. Hacer daño o injuriar por desconocimiento o por irreflexión.
Procede de la costumbre que había en España en el siglo XIX de que el agraciado con la lotería tirase por la ventana todos los muebles y enseres viejos de la casa, dando a entender con esa alegría desbordada que se iniciaba una nueva vida.
La lotería fue instaurada por el rey Carlos III en 1763; las primeras oficinas estaban en la plaza de San Ildefonso de Madrid; el sistema actual de sorteos periódicos con décimos aparece en 1812, y siguen siendo los niños del Colegio de San Ildefonso los que cantan los números.
Se emplea cuando alguien, por algún motivo u ocasión excepcional, realiza gastos muy superiores a los que acostumbra, o por encima de sus posibilidades económicas.