
La historia, las leyendas, los cuentos, las medias verdades, las mentiras, las imaginaciones, los comentaristas y otros personajes nos han hecho creer, soñar e imaginar cómo nació, creció y se formó el mundo y sus seres humanos. Todo ello, al final, es orientador porque va entregando a las mentalidades información sobre un mundo que no conocimos.
Libros existen de historia, ciencia y narraciones que nutren a los seres humanos de esa información, como es el caso del libro “La historia del mundo”, de Fernando Velázquez Blázquez, que en forma por demás razonada y fundada nos lleva por diversas épocas de la historia. Aquí algunas narraciones:
El Renacimiento está ligado a dos siglos que todos hemos aprendido a decir en italiano: el Quattrocento (siglo XV), con centro en Florencia y el mecenazgo de la familia Medici, y el Cinquecento (siglo XVI), que tuvo su capital en Roma, donde el arte fue patrocinado por los Papas.
Ahora bien, los dos literatos generalmente más asociados con el Renacimiento vivieron un poco antes: Dante Alighieri (1265-1321) escribió La Divina Comedia entre los siglos XIII y XIV, y Francesco Petrarca (1304-1374) su Canzoniere en el siglo XIV. Una prueba más de lo difícil que resulta en historia poner fronteras al devenir humano.
Pero más difícil de encajar es el dato que destaca de aquella época Vladimir Nabokov (1899-1977), en su polémica novela Lolita. Tanto las obras de Dante como de Petrarca son famosas por la historia de amor que las inspiró, uno de esos romances supuestamente perfectos e ideales. Ahora bien, de acuerdo con Nabokov:
El matrimonio antes de la pubertad no es raro, aun en nuestros días, en algunas provincias de la India oriental. Después de todo, Dante se enamoró perdidamente de su Beatriz cuando tenía ella nueve años, con un vestido carmesí… y eso era en 1274, en Florencia, durante una fiesta privada en el alegre mes de mayo. Y cuando Petrarca se enamoró locamente de su Laura, ella era una nínfola rubia de doce años que corría con el viento, con el polen y el polvo, una flor dorada de la hermosa planicie al pie de Vaucluse.
Alfonso X (1221-1284), rey de Castilla y de León, fue llamado el Sabio por la enorme actividad cultural que promovió durante su reinado, aunque lo realmente sorprendente fue la tolerancia religiosa de su Corte en Toledo: judíos, musulmanes y cristianos convivían para mejorar las ciencias y las artes.
Esta iniciativa es más remarcable cuando se recuerda que los judíos y los musulmanes fueron expulsados de España entre los siglos XV y XVI.
Sin que se haya podido demostrar de manera fidedigna, se piensa que las tapas fueron inventadas por este monarca. Aquejado de una enfermedad que le obligaba a evitar las comilonas, el sabio rey fue aconsejado por sus no menos entendidos médicos que tomase sólo pequeños tentempiés, acompañados de una copa de vino.
Ya restablecido, el monarca estableció que en las posadas de su reino sirvieran siempre algo de comida para acompañar la bebida.
Hasta hace poco se creía que el letal virus se había extendido indiscriminadamente, no perdonando a ricos ni a pobres. No obstante, el estudio de la dentadura de 490 víctimas de la peste en Inglaterra reveló, a principios de 2008, que esta enfermedad se había cebado con los débiles y desnutridos.
En contra de la creencia popular, fue, pues, una pandemia selectiva la que asoló Europa entre 1347 y 1351, como un río de lava.
A Londres llegó en el invierno de 1349. Escocia pudo evitarla, pero sus reyes pensaron que podían aprovechar la debilidad de sus enemigos e invadieron el vecino país; es decir, se expusieron al contagio. En lugar de estandartes victoriosos, regresaron a casa con el selectivo virus.
Al hablar de Edad Media, imaginamos iglesias, castillos y aldeas rurales dispersas. Desgraciadamente, nos olvidamos de las universidades, que en el siglo XIII sustituyeron a los monasterios como centros de aprendizaje.
Aunque la idea de un centro de estudios superiores no es nueva. En China ya existían «escuelas imperiales» en el período Yu (ca. 2257-2208 a. C.). De manera parecida, encontramos «centros de estudios» en el antiguo Pakistán, la India, Grecia y las principales ciudades islámicas, como Fez, El Cairo, Bagdad, Córdoba, Samarcanda y Damasco.
En la Europa medieval, la primera universidad fue la de Bolonia, fundada en 1088. Le siguieron Oxford (1096), París (1150), Módena (1175), Cambridge (1208), Palencia (1208) y Salamanca (1218).
Con el tiempo, en estas instituciones surgió una nueva conciencia que transformaría el mundo, al margen de poderes eclesiásticos y civiles. Pero, en el momento de su fundación, las universidades fueron, ante todo, el mejor destino para un joven con ganas de pasárselo bien.
Un cartulario de la Universidad de París, en la década de los felices veinte del siglo XIII, buscaba nuevos alumnos con estas palabras:
…Gozaréis de libertad total en la enseñanza. En cuanto a la alimentación, tened la certeza de que no hay aquí riesgo de pasar hambre; no olvidéis, además, la amabilidad de la población… Los teólogos… los legistas instruyen en el conocimiento de Aristóteles, los gramáticos… los músicos… Los juristas enseñan el derecho de Justiniano y, junto a ellos, los médicos descubren la obra de Galeno… ¿Qué más podéis desear?
El español Francisco de Orellana (1511-1546), durante su exploración de un gran río, fue atacado por un grupo de mujeres semidesnudas en 1541. Recordando el mito griego de las amazonas, el conquistador bautizó a aquel río como Amazonas.
El soldado apenas dio detalles sobre su modo de vida o paradero exacto. Varios conquistadores las buscaron después de él y, al igual que El Dorado, la legendaria ciudad de oro, nadie las encontró de nuevo.
Cuatro siglos más tarde, el verdadero tesoro del Amazonas fue descubierto. Era la seringa, o látex, la sustancia que el americano Charles Goodyear (1800-1860) transformó en caucho, es decir, en cubiertas para hilos conductores usados en telégrafos o teléfonos y, sobre todo, en neumáticos.
Por todo ello, a finales del siglo XIX, Manaus, capital de la región del Amazonas, se convirtió en «el París de los Trópicos» y en un infierno tropical debido a las duras condiciones de vida de los seringueiros.
Hoy, además, el Amazonas es escenario de masivas talas de madera. Ningún conquistador soñó, ni se podía imaginar, que ése, y no otro, fuera el verdadero tesoro del Amazonas: los árboles.