
Para muchos, la comedia mexicana contemporánea es un género condenado —al igual que varios más— a la fórmula repetitiva: al chiste fácil, al albur o al refrito sin alma. Sin embargo, cada cierto tiempo surge una anomalía creativa que nos recuerda que el humor —cuando es inteligente— funciona como espejo de cuerpo completo a nuestra realidad.
Es aquí donde puedo ubicar el trabajo de Carlos Santos, un director que sabe leer y plasmar en la gran pantalla las contradicciones de nuestro país con gran agudeza; y cuya más reciente película, “Loco México Mágico”, confirma su talento para hacer sátira y crítica social sin perder el ritmo ni el pulso popular.
Ambientada en el colorido puerto de Alvarado, Veracruz, “Loco México Mágico” sigue la caótica y cínica aventura —producto de un capricho— del alcalde y los habitantes del pueblo quienes, con cero presupuesto, nula experiencia, pero con un optimismo a prueba de casi todo, deciden filmar una superproducción al estilo Hollywood para impulsar el turismo y limpiar la imagen del municipio.
Para lograrlo, reclutan a Juan (interpretado por Daniel Sosa), un joven videógrafo de bodas y XV años. Armados únicamente con efectos especiales improvisados, un equipo completamente amateur, una estrella pop con contrato multimillonario engañada para protagonizar el proyecto y una tremenda dosis de ingenio colectivo, este equipo intentará sacar a flote un rodaje que está destinado al absoluto desastre.
Pero para entender la dimensión y relevancia de “Loco México Mágico*”*, me es imperativo escribirles —sin ánimo comparaciones— del fenómeno que significó previamente “Señora Influencer”, del mismo director.
En aquella cinta, Santos nos demostró su capacidad para manejar temas incómodos; diseccionó con crueldad y profunda empatía la superficialidad de la era digital; la necesidad enfermiza de validación y la violencia de una sociedad que consume y desecha seres humanos con un algoritmo.
Aquel filme nos desconcertó a más de uno porque se vendía como una comedia promedio, pero resultó más entre la farsa y el thriller psicológico (algo así como “el Joker mexicano”), utilizando la comedia negra como anzuelo de una profunda reflexión sociológica.
Ahora, con Loco México Mágico, el director cambia el encuadre —traslada su lente al colorido puerto de Alvarado, Veracruz—, pero mantiene intacta su columna vertebral: la disección de la identidad mexicana a través de la risa.
Se nos hace carcajear y reflexionar sobre nuestras propias aspiraciones, el centralismo cultural, el folclor institucionalizado, el nepotismo y esa urgencia tan nuestra por destacar, a como dé lugar.
La genialidad de este nueva historia resulta en como evita caer en el cliché condescendiente de la provincia, la política local o la desesperada búsqueda de fama. Aquí se construye una farsa donde la improvisación, el ingenio y los sueños de grandeza colectiva que son parte de nuestro día a día, se convierten en un acto de resistencia (igual que en nuestro día a día).
Con personajes tan relacionables —interpretados por un sólido reparto encabezado por Silverio Palacios y los poblanos Sofía Carrera y Fernando Cuautle— que lidian con el absurdo de intentar hacer cine sin recursos, el director filma una metáfora del propio México: un país que sobrevive a base de ocurrencias, magia improvisada y alegría inquebrantable, aun cuando las estructuras fallan por completo.
Lo fascinante en la filmografía de un director como Santos es su maestría para dosificar la sátira política y social sin recurrir a la moraleja barata ni al discurso aleccionador; y con este proyecto reafirma una vez más que la comedia nacional puede ser inteligente, subversiva y lúcida, cuando se entiende que un país tan surrealista como el nuestro, descifra su locura cotidiana desde la sátira; pues nuestra capacidad humorística sigue siendo la prueba más genuina de que somos un pueblo vivo.
“Loco México Mágico” llega esta semana a las salas de cine y les aseguro muchas risas incómodas y momentos de catarsis personal.
Angel Sarmiento
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