
La reciente llegada de Mal de amores al catálogo de Netflix ha vuelto a encender una conversación necesaria sobre cómo se narra el pasado de México y, sobre todo, el papel de las mujeres en los puntos de quiebre histórico. Basada en la emblemática novela con la que Ángeles Mastretta ganó el prestigioso Premio Rómulo Gallegos en 1997, esta adaptación seriada —orquestada además desde la dirección y producción por Catalina Aguilar Mastretta, hija de la propia escritora— trasciende el mero ejercicio nostálgico para colocarse como un espejo vigente de la autonomía femenina.
Ambientada en los años que anteceden y acompañan a la Revolución Mexicana, la historia sigue los pasos de Emilia Sauri (interpretada gratamente para mí, por Renata Vaca), una joven perteneciente a una familia de convicciones que desafían los márgenes impuestos a su género. Mientras el país se convulsiona entre ideales de lucha, levantamientos armados y transformaciones radicales, Emilia persigue una ambición que en el México de finales del siglo XIX rozaba la osadía: convertirse en médica.
Su tránsito hacia la adultez no solo discurre al ritmo de las balas y las trincheras, sino también en el terreno de las elecciones afectivas. Atrapada sentimentalmente entre el amor de su infancia, Daniel Cuenca, y la estabilidad intelectual de otras figuras de su entorno, Emilia encarna un dilema fundacional hasta el día de hoy: ¿cómo amar intensamente sin renunciar al proyecto personal de vida?
Lo verdaderamente subversivo de la obra de Mastretta (con quien tuve el honor de coincidir recientemente) —y que la serie retrata con acierto— es desplazar el foco del arquetipo femenino, sacándola del tradicional rol de testigo pasiva o abnegada de la época. En Mal de amores, la revolución no es solo un telón de fondo bélico, sino el ruido exterior que contrasta con la revolución interna de su protagonista. Emilia nos recuerda que el dilema histórico de la mujer mexicana no ha sido únicamente elegir entre pasiones amorosas, sino aprender a elegirse a sí misma.
La complicidad familiar y el respaldo de figuras femeninas fuertes dentro de la trama, dinamitan el estereotipo de la sumisión decimonónica. Las mujeres de la familia Sauri entienden que la independencia económica y el conocimiento son los únicos salvavidas reales en tiempos de incertidumbre social —hasta hoy en día—. El deseo de estudiar, de ejercer una profesión y de equivocarse en el proceso valen tanto como cualquier proclama política.
Hablar de la relevancia de la historia me obliga a mirar de frente a su creadora, Ángeles Mastretta, una pluma fundamental para entender la literatura mexicana contemporánea.
Desde la publicación de Arráncame la vida, Mastretta ha construido un universo donde las mujeres tienen voz propia, apetitos voraces, dudas existenciales y una profunda dignidad. Esto le ha valido un lugar tan especial y único entre amantes de la lectura y fans del cine; nuevas generaciones cuyo acercamiento a su literatura tuvo lugar —entre otros—, por la adapacion de Roberto Sneider de 2008. Obra que por cierto, hace unos dias tuve la oportunidad de volver a a ver de la mano de sus creados y que reafirma esa relevancia de la que les hablo en el público.
La escritora poblana ha logrado algo poco común en la literatura nacional: dotar a sus personajes femeninos de una modernidad pasmosa sin violentar su contexto histórico. No son heroínas de bronce intocables, sino mujeres de carne y hueso que dudan, desean, sufren el desamor y se recomponen. Que esta adaptación llegue a las pantallas contemporáneas de la mano de su hija Catalina cierra un círculo generacional perfecto, demostrando que las preguntas que se hacía Mastretta a finales del siglo XX sobre la libertad femenina siguen resonando con urgencia en el siglo XXI.
Mal de amores en Netflix es, en suma, un recordatorio de que las grandes revoluciones de un país empiezan siempre por el derecho de sus mujeres a tomar las riendas de su propio destino. Pueden disfrutarla ya en la plataforma.
Angel Sarmiento
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