La Fractura se hace más profunda

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PUEBLA VOLVIÓ A COMPETIR… Y VOLVIÓ A PERDER CUANDO EL PARTIDO PEDÍA QUE ALGUIEN LO GANARA

Por Pepe Hanan

Amigo lector:

Cuando un equipo juega mal y pierde, el diagnóstico suele ser sencillo.

El problema comienza cuando juega bien por momentos…

y también pierde.

Eso le ocurrió al Puebla frente a Pumas.

La Franja pudo ganar.

Pero tampoco nos confundamos.

Pumas también tuvo ocasiones para resolverlo antes. La del Chino Huerta fue clarísima.

Así que no construyamos una historia que no existió.

Puebla no fue víctima de una injusticia.

Pumas tampoco fue infinitamente superior.

Los dos tuvieron oportunidades.

Los dos llegaron vivos al tramo final.

Pero cuando el partido pidió que alguien lo ganara…

lo ganó Pumas.

—

Gerardo Espinoza modificó la estructura.

Después de recibir ocho goles entre Monterrey y Atlas, apareció una línea de cinco.

La decisión tenía lógica.

Había que recuperar el orden.

Y durante muchos minutos funcionó.

Pero volvió a aparecer una costumbre peligrosa.

Contra Atlas recibió un gol antes del primer minuto.

Contra Pumas volvió a recibirlo muy temprano: centro desde la derecha, defensa mal escalonada y Juninho atacando el espacio para poner el 0-1.

Demasiado fácil.

Para un equipo que necesita ganar, empezar regalando semejantes ventajas comienza a ser demasiado costoso.

Esta vez, sin embargo, Puebla respondió.

Y respondió jugando.

Garnica filtró.

Luifer atacó.

Omar Moreno apareció por dentro y definió frente a Keylor Navas.

1-1.

La Franja terminó bien el primer tiempo y comenzó mejor el segundo.

Adelantó metros.

Presionó.

Jugó en territorio universitario.

Pumas retrocedió.

Puebla estaba creciendo.

Y entonces Espinoza movió.

Salieron Bryan Garnica y Luífer Hernández.

Entraron Kevin Velasco y Maestro Puch.

¿Cambios ilógicos? No.

El problema fue el momento elegido.

Garnica y Luifer participaban en lo mejor del Puebla.

Después de sus salidas, el equipo perdió profundidad.

Ya no volvió a instalarse de la misma manera sobre Pumas.

Y aquí hay una regla sencilla:

EL PARTIDO CAMBIA.

EL PLAN TAMBIÉN DEBERÍA PODER CAMBIAR.

Espinoza quiso mejorarlo.

No ocurrió.

—

El encuentro cayó entonces en una zona conocida.

Nadie dominaba.

Nadie terminaba de provocar.

Uno esperaba el error del otro.

¿Le suena?

Hace algunas jornadas escribimos:

«¿ESPERAR EL ERROR… O PROVOCARLO?»

Puebla volvió a llegar a ese territorio.

Y después de ocho partidos sin ganar, hay algo que también debemos entender:

competir ya no puede ser el objetivo.

Puebla ya aprendió a hacerlo.

Ahora eso debe ser el piso.

No el techo.

Porque correr, luchar, ordenarse y resistir son obligaciones.

Pero las buenas impresiones…

no suman puntos.

—

Las bancas también jugaron.

Espinoza volvió a mover.

Solari hizo lo mismo.

Y aparecieron Alan Medina y Álvaro Angulo.

Dos futbolistas frescos.

Dos intervenciones decisivas.

Medina participó en la acción que provocó el córner.

Angulo terminó ganando el partido.

Pero mire usted cómo.

Puebla concede el tiro de esquina.

Pumas gana el primer contacto.

Ricardo Gutiérrez reacciona y la pelota queda viva.

Juan Pablo Vargas intenta cerrar la acción, pero Álvaro Angulo entra con todo, sin calcular ni especular:

decidió que esa pelota era suya.

Noventa minutos de pizarras, recorridos, sistemas y correcciones terminaron resolviéndose en una pelota suelta.

Y ahí ya no hubo dibujo táctico.

Hubo determinación.

Hubo convicción.

Hubo…

ÍMPETU.

Uno intentó defenderla.

El otro decidió ganarla.

2-1.

—

Después Pumas hizo algo que Puebla no consiguió contra Atlas.

Administró.

Keylor Navas pidió calma.

Tomó la pelota.

Consumió segundos.

Enfrió.

¿Recuerda nuestros:

«CINCO MINUTOS ABURRIDOS»?

Puebla los necesitó cuando ganaba 2-1 en Guadalajara.

No los encontró.

Pumas sí.

No fue espectacular.

Fue práctico.

Y eso también forma parte de saber ganar.

—

Y todavía quedó la peor postal de la noche.

Más de 21 mil aficionados asistieron al Cuauhtémoc.

Muchos eran universitarios.

Pero también hubo miles de poblanos que volvieron a creer y se animaron a regresar.

¿Y sabe usted con qué se fueron a casa?

Con el Goya retumbando en el Cuauhtémoc.

No, amigo lector.

La afición del Puebla no salió triste.

Salió enojada.

Porque una cosa es perder.

Y otra muy distinta es perder así.

Haga de cuenta que estábamos viendo un juego de béisbol.

Puebla llegó vivo a la novena entrada…

Pumas le sacó el partido.

Y lo dejó tendido sobre su propio terreno.

Perder así duele.

Pero escuchar después el Goya retumbando en tu propia casa…

eso lastima el orgullo poblano.

A Gerardo Espinoza le quedan dos partidos.

Sólo dos.

Querétaro.

Atlético de San Luis.

No más.

Dos rivales golpeados.

Dos equipos que también vienen a la baja.

La clasificación podrá estar prácticamente fuera del alcance.

El orgullo y la dignidad de terminar decorosamente el campeonato, no.

Espinoza ya probó dibujos.

Nombres.

Movimientos.

Ya no necesita otra explicación.

Necesita resultados.

Porque después de ocho partidos sin ganar, ya no alcanza con decir que Puebla compite.

Eso ya lo sabemos.

Lo que todavía no sabemos…

es si sabe ganar.

Y a mí, no sé a usted, amigo lector…

me dolió en el alma perder como se perdió ayer.

Pero escuchar el Goya en el Cuauhtémoc fue todavía peor.

Eso no fue solamente una derrota.

Fue una afrenta.

Gerardo Espinoza y sus jugadores la permitieron.

Ahora tienen dos partidos para responder.

No con discursos.

Con puntos.

MIENTRAS TANTO, NOSOTROS… VEREMOS Y DIREMOS.

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