
¿Estamos ante una sátira brillante y desquiciada sobre el colapso ambiental y la vanidad humana, o ante un millonario capricho que se sabotea a sí mismo? Digger, el más reciente y polarizante largometraje de Alejandro González Iñárritu, ha desatado una auténtica guerra de trincheras entre la crítica, los cinéfilos y la taquilla. La respuesta, fiel al cine del mexicano, rehúye del blanco y el negro para ponernos de lleno en un gris incómodo y real.
Escrita y dirigida por el propio Iñárritu, la cinta sigue la ruta frenética y desesperada de Digger Rockwell (Tom Cruise), un poderoso magnate corporativo que, tras desencadenar una colosal crisis global y ambiental, emprende una carrera contra el tiempo para limpiar su reputación y fingir ser el salvador de la humanidad. Para echar andar esta ambiciosa farsa de humor negro, el filme se hace con un elenco estelar tan excéntrico como único: Sandra Hüller, John Goodman como el mismísimo presidente de Estados Unidos, Jesse Plemons y Michael Stuhlbarg, entre otros.

Algo me queda muy claro: esta no es una película para todo el mundo —aunque debería—; es difícil, cruda, chocante y detestable, pero todo ese desagrado que genera es parte de la magia del proyecto. Desde el arranque, González Iñárritu nos deja claras sus reglas: su cinta no se hizo para complacer a las masas, sino para cuestionarlas. Con una estructura además en capas —que muta de un relato de desastre corporativo a un ensayo teatral autorreferencial—, la película utiliza el humor negro como un ariete en la mente de los espectadores, un golpe duro y certero que no todos pueden soportar.
Y en el epicentro de todo este armagedón tenemos el trabajo de Tom Cruise. Abandonando por completo su cómoda trinchera de héroe de acción infalible e intachable, Cruise entrega una interpretación al límite, grotesca y profundamente vulnerable que oscila entre la farsa absoluta y la tragedia. Para unos, es un riesgo histriónico que merece todos los aplausos; para otros, una sobreactuación desbordada y absurda. Ahí reside quizá parte del cometido de Digger: resulta imposible mantenerse neutral frente a ella. El impacto de la película, parece que trasciende la pantalla y funciona como un barómetro de cómo consumimos y exigimos arte hoy; para muestra de ello, su recepción comercial.
El tropiezo en taquilla y la polarización en redes reflejan un desencuentro esperado. Nosotros los espectadores contemporáneos, cada vez estamos más acostumbrados a narrativas masticadas y argumentos aleccionadores, lo que choca con una propuesta que lanza verdades afiladas sin curitas para el alma. Por eso, mientras los detractores la tachan de “tiro fallido” recargado de discursos explícitos, pesos pesados como Guillermo del Toro han salido a defenderla con fiereza, aplaudiendo su escala, su arrojo estético y su ambición puramente cinematográfica —frente a la mediocridad homogénea de la cartelera actual—.
Entonces, ¿el problema somos nosotros?
Iñárritu ha declarado anteriormente que prefiere mil veces la provocación. Con Digger, cumple su palabra. Más allá de que muchos detesten sus excesos narrativos, la película funciona como un espejo completo de nuestra propia incapacidad colectiva para gestionar el caos que nosotros mismos provocamos. Todo esto ha sido parte importante del por qué su taquilla ha sido tan débil en contraste con la gran expectativa y promoción que el proyecto recibió en México y el exterior.
Voy a dar el beneficio a quienes consideran que Digger no es una obra redonda, porque ese también es parte de su encanto y de su incomprendida personalidad. En una era donde los fracasos vienen de un cine que le teme al error, Iñárritu prefiere estrellarse con el desconcierto público ante algo difícil de digerir, antes que volar en piloto automático otro refrito innecesario, y eso lo valoro. Digger aún está en cartelera y, algo muy importante: como su misma promoción lo dice, no se dejen llevar solo por una opinión, saquen la propia ustedes mismos, porque esa es también otra finalidad del arte.
Angel Sarmiento
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