
Amigo lector…
Existen victorias que clasifican a una Selección.
Y existen otras que resucitan a una nación futbolística entera.
La de esta noche pertenece a las segundas.
Durante varias semanas hemos recorrido juntos el fascinante mundo de los Seleccionadores.
Hemos hablado de hombres obligados a decidir cuando todavía nadie conoce el desenlace.
Porque, mire usted, tomar una decisión lleva apenas unos segundos.
Vivir con sus consecuencias puede ocupar toda una vida.
Por eso, cuando el árbitro señaló el final del partido frente a Ecuador, comprendí que no terminaba únicamente una eliminatoria.
Terminaba una espera de veinticuatro años para un hombre.
Y otra de cuarenta años para una nación.
Hace veinticuatro años Javier Aguirre abandonó una Copa del Mundo acompañado por dos decisiones que él mismo, con el paso del tiempo, reconocería como equivocadas.
Aquella noche no solamente quedó eliminado México.
También quedó herido el hombre que tomó aquellas decisiones.
Porque los jugadores olvidan un partido.
Los aficionados olvidan un torneo.
Los medios olvidan una derrota.
Pero un Seleccionador…
Puede quedarse sangrando durante años.
Si nadie llega a tiempo para detener la hemorragia, puede seguir caminando…
Aunque por dentro ya se haya dado por muerto.
Y cuando Javier Aguirre parecía perderlo todo…
Apareció un hombre que vio algo que los demás no alcanzaban a ver.
Apareció quien en Pamplona conocían como el “Rey Sol”:
Patxi Izco.
El presidente del Osasuna no encontró a un entrenador derrotado.
Encontró a un hombre que todavía podía renacer.
Le ofreció una nueva oportunidad.
Y el Vasco respondió con una frase que terminaría cambiando la historia moderna del club navarro:
“Si hace falta… me voy mañana nadando a Pamplona.”
Aquella respuesta no hablaba de un contrato.
Hablaba de un hombre que se negaba a morir profesionalmente.
Osasuna no salvó la carrera de Javier Aguirre.
Le devolvió el derecho a volver a creer en ella.
Y, sin saberlo…
También comenzó el camino que esta noche lo trajo de regreso al Estadio Azteca.
Muchos pensaron que aquella historia había terminado.
Se equivocaron.
Aguirre no murió.
Sobrevivió.
Y sobrevivir, algunas veces, exige mucho más carácter que ganar.
Durante veinticuatro años dirigió clubes.
Rescató proyectos.
Clasificó Selecciones.
Ganó.
Perdió.
Aprendió.
Pero, en realidad, estaba haciendo algo mucho más importante.
Se preparaba para el día en que la vida volviera a preguntarle:
“¿Ahora sí estás listo?”
Y esa pregunta llegó esta noche.
México volvió a disputar un partido donde cada decisión podía cambiar una historia.
Donde los vientos del error podían convertirse en sentencia.
Y donde los vientos del acierto podían transformarse en redención.
Pero esta vez Javier Aguirre ya no dirigió desde la herida.
Dirigió desde la experiencia.
No quiso derrotar al pasado.
Quiso honrar todo aquello que el pasado le enseñó.
Porque las malas decisiones no desaparecen.
Simplemente dejan de perseguirnos cuando nos convertimos en la persona capaz de tomar decisiones mejores.
Y entonces ocurrió algo extraordinario.
México ganó.
Y esta vez Aguirre acertó desde la primera decisión.
Acertó en la alineación.
Acertó en la lectura del partido.
Y acertó moviendo a sus hombres cuando el partido lo exigía.
Pero no fue una victoria cualquiera.
Fue apenas la segunda victoria de la Selección Mexicana en un partido de eliminación directa en toda la historia de las Copas del Mundo.
La primera había ocurrido en México 86.
También en el Estadio Azteca.
También por marcador de 2-0.
Y también con Javier Aguirre formando parte de la historia.
Aquella tarde el Vasco estaba dentro de la cancha.
Corrió.
Luchó.
Y participó en la extraordinaria pared que terminó en la inolvidable media tijera de Manuel Negrete frente a Bulgaria.
Imagínese, amigo lector…
Uno de los futbolistas más recios y temperamentales que ha tenido México participando en la construcción del que muchos consideran el gol más hermoso en la historia de los Mundiales.
Así es el fútbol.
Una verdadera locura.
Siempre encuentra la manera de escribir historias que ningún novelista se atrevería a imaginar.
Casi cuarenta años después…
La historia volvió a encontrarlo exactamente en el mismo escenario.
Pero ya no como futbolista.
Ahora como Seleccionador.
Aguirre estuvo en la primera victoria como jugador.
Y hoy estuvo en la segunda como entrenador.
Hay casualidades.
Y existen historias que únicamente el fútbol sabe escribir.
Por eso esta noche Javier Aguirre dejó de sobrevivir.
Esta noche volvió a vivir.
Esta noche…
Renació.
Pero mientras observaba la celebración comprendí que no era el único.
Todo gran Seleccionador encuentra al hombre capaz de convertir sus decisiones en goles.
Bilardo encontró a Burruchaga.
Parreira encontró a Ronaldo.
Del Bosque encontró a Iniesta.
Scaloni encontró a Messi.
Y Javier Aguirre parece haber encontrado a Julián Quiñones.
Qué historia la suya.
Otro sobreviviente.
Otro renacido.
Un niño que aprendió, primero, a esquivar la pobreza y la violencia antes que a los defensores.
Un futbolista que sobrevivió a las lesiones, a las dudas y al desarraigo.
Y que encontró en México una segunda patria y una nueva oportunidad.
No es casualidad que haya abierto el Mundial frente a Sudáfrica.
No es casualidad que haya encaminado el triunfo frente a Chequia.
No es casualidad que haya participado en el gol frente a Corea.
Y tampoco es casualidad que haya sido el hombre encargado de romper el candado ecuatoriano.
Porque existen futbolistas que aparecen cuando el partido ya está resuelto.
Y existen otros que tienen el valor de derribar la primera puerta cuando todavía nadie sabe si podrá cruzarla.
Julián Quiñones empieza a convertirse exactamente en eso.
El ariete del Vasco.
Porque los arietes no existen para adornar los castillos.
Existen para derribar sus puertas.
Y sospecho que esa será otra gran historia de este Mundial.
Pero mientras el Azteca celebraba comprendí que todavía faltaba descubrir al último renacido.
México.
Sí…
La propia Selección Mexicana.
Durante cuarenta años caminó cargando una mochila invisible.
Nadie la veía.
Pero todos la heredaban.
Cada generación recibía el mismo peso.
Siete derrotas consecutivas en partidos de eliminación directa.
Siete intentos.
Siete frustraciones.
La herida ya no pertenecía a un entrenador.
Pertenecía a todo el fútbol mexicano.
Y las heridas colectivas siempre tardan más tiempo en cerrar.
Hasta que alguien tiene el valor de romper la cadena.
Eso ocurrió esta noche.
No solamente avanzó México.
También terminó una espera de cuatro décadas.
También cayó un fantasma.
También desapareció una pesada herencia.
Hoy renació Javier Aguirre.
Hoy renació Julián Quiñones.
Y hoy…
Renació la Selección Mexicana.
Hace una década Alejandro González Iñárritu llevó al cine la historia de un hombre que sobrevivió para volver.
Esta noche el fútbol mexicano escribió la suya.
Tres renacimientos.
Tres heridas.
Tres historias.
Un mismo destino.
Porque el tiempo, por sí solo, nunca cura las cicatrices.
Lo que verdaderamente las transforma es aquello en lo que nos convertimos mientras aprendemos a vivir con ellas.
Por eso sigo creyendo que los partidos se juegan con los pies.
Los Mundiales se sobreviven con la cabeza.
Y los grandes Seleccionadores…
No se definen por las decisiones que un día los hirieron.
Se definen por el valor de volver a decidir cuando la vida les concede una segunda oportunidad.
El Águila Real ha vuelto a levantar el vuelo.
Desde lo más alto vigila el horizonte.
A lo lejos aparecen tres leones.
Ellos defenderán su historia.
México intentará escribir la página que su historia le ha negado durante cuatro décadas.
Porque las águilas no sobreviven para esconderse.
Sobreviven para volver a atacar.
El próximo domingo no estará en juego únicamente un boleto a los Cuartos de Final.
Estará en juego la posibilidad de romper otra frontera histórica del fútbol mexicano.
La que el propio Javier Aguirre ha definido como el reto más importante de toda su vida profesional.
Las heridas no desaparecen.
Se transforman.
Y cuando un hombre consigue transformarlas…
La historia deja de llamarlo sobreviviente.
Empieza a llamarlo leyenda.
Y al final…
Durante varios días terminamos nuestras reflexiones con una pregunta.
¿Y si… sí?
Hoy ya tenemos la respuesta.
Sí.
Sí sobrevivió.
Sí aprendió.
Sí decidió mejor.
Sí rompió una historia de cuarenta años.
Sí volvió a creer.
Y, sobre todo…
Sí renació.
Porque los grandes Seleccionadores no son aquellos que nunca se equivocan.
Son aquellos que tienen el valor de volver a decidir cuando la vida les concede una segunda oportunidad.
Y esta noche…
Javier Aguirre la aprovechó.
Mientras tanto nosotros…
VEREMOS Y DIREMOS.
Nosotros, como siempre, seguiremos en línea.
Hasta la próxima.
Sígueme en redes:
X: @pepehanan
Instagram: @pepehanan
Threads: @pepehanan
Facebook: pepehanan
TikTok: @pepehanan1
YouTube: enlineadeportiva