
México le ha demostrado al mundo ser un país que ama profundamente la animación. Fenómenos de taquilla recientes en las salas nacionales —como el caso de Coyote vs. ACME, cuyo furor trajo a su propio director, Dave Green, hace poco a territorio azteca— lo confirman de sobra.
Es bajo este contexto de aprecio por nuevas propuestas, e impulsado por el eco de trabajos como Flow o Mi Amigo Robot, que llegó uno de los proyectos más pedidos por los cinéfilos: Mary y Max, la ópera prima del director Adam Elliot (Memoir of a Snail), ha debutado en la pantalla grande mexicana acompañada de un inmejorable doblaje oficial al español. Pero este milagro de distribución no es casualidad; es el fruto directo del impresionante impacto cultural y comercial que generó su sucesora espiritual, Memorias de un caracol, en el público nacional.
Mary y Max es una obra maestra de la animación stop-motion que nos recuerda que las conexiones humanas más sinceras pueden nacer en los rincones más inesperados. La historia sigue a Mary, una niña solitaria de tan solo 8 años en Australia, y a Max, un hombre de 44 años con síndrome de Asperger en Nueva York. Dos personajes ubicados en 1972, tan distintos en contexto como iguales en la comprensión de su entorno, que por casualidad o destino entablan una amistad a través de cartas durante dos décadas. Es en esta interacción donde ambos tejen un puente contra el aislamiento. Lejos de los cuentos de hadas, la película abraza la crudeza de la vida: la depresión, la incomprensión y las marcas que dejan nuestros propios errores.
Es quizá esto último lo que más aprecio de la cinta, después de verla: no es solo una historia más de amistad, sino una de acompañamiento, supervivencia y realidad. Esto se refleja desde su paleta de colores —grises melancólicos para Nueva York y tonos sepia para Australia—, los cuales retratan el estado emocional de sus protagonistas. La animación artesanal de Elliot dota de una textura entrañable a cada figura de plastilina, haciendo que sus imperfecciones físicas simbolicen sus fracturas internas. Adam es experto en esto; da a sus personajes una peculiaridad y profundidad únicas, además de retomar patrones simbólicos y tangibles en sus obras, algo que notamos en su conexión directa con Memorias de un caracol.
Otro aspecto fascinante de este reestreno —porque aclaro que esta no es una cinta nueva, su estreno al otro lado del mundo ocurrió en 2009— es cómo cruza fronteras a través de las voces. Si bien en su idioma original la película inmortalizó las interpretaciones de Toni Collette y el gran Philip Seymour Hoffman, su llegada a México —para mí— se enriquece con un doblaje sumamente cuidado. Contar con las actuaciones de Regina Blandón como Mary, la legendaria voz de Arturo Mercado Sr. en la narración, y la participación especial de Javier Ibarreche dando vida a Max, le aporta una capa de cercanía y afecto genuino que conecta de inmediato conmigo y —creo yo—, con la audiencia local.
Este inesperado furor por el proyecto, tras el éxito de su cinta previa, demostró una vez más a la distribuidora Cine Caníbal que el público mexicano no solo consume animación comercial, sino que está profundamente hambriento de historias melancólicas, artesanales y de humor negro como el de Adam Elliot. La gran taquilla de Memorias de un caracol fue la llave financiera y cultural para saldar una “deuda histórica”, comprar los derechos de distribución de Mary y Max y traerla a la pantalla grande con este doblaje profesional.
Tanto Mary y Max como Memorias de un caracol se destacan porque desafían abiertamente el estigma sobre el que tanto he hablado: la falsa idea de que “la animación es solo para niños”. Ambas abordan la crudeza de la existencia humana desde una perspectiva adulta y madura. Celebrar Mary y Max en la gran pantalla —y recordar cómo nos enseña que ser “diferente” no es un error de diseño, o que ser escuchado por alguien al otro lado del mundo puede ser la diferencia entre rendirse o seguir adelante— es celebrar nuestra propia vulnerabilidad convertida en poesía cinematográfica. La cinta ya está disponible en cines.
Angel Sarmiento
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